José Cardona
El problema de mi amigo Eulalio, ¿es el problema de alguien más?
miércoles 23 de abril de 2014, 10:51h
“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. Gabriel García Márquez
Comenzaré aclarando que mi amigo Eulalio ha conocido setenta y pico primaveras. Y ese pico es ya muy largo, querido lector; tanto, que acaricia la azarosa frontera de los ochenta. Le digo todo esto para que usted se sitúe y pueda ayudarme a entender lo que él me contó hace unos días, y que yo, sorprendido aún, voy a contarle en esta columna; no por otra cosa se lo cuento. Aunque, es un barrunto, creo que la situación de mi buen amigo pudiera ser compartida por muchas personas como él. Veamos.
Me decía Eulalio que sus días ahora (y subrayó este adverbio) son como un tiempo zurcido de recuerdos y de ausencias, como algo que fue y ya no fuera. Que cada casa de cada calle que se encuentra en sus diarios paseos por el pueblo, casi siempre en solitario, no le recuerda a quienes en ella viven, sino a quienes en ella vivieron hace ya años. Y eso le lleva a pensar, y su pensamiento, contra su voluntad, le hace viajar a un pasado algo borroso, aunque añorado, próximo y lejano a la vez, un tanto caprichoso, al que casi siempre espera hallar de nuevo a la vuelta de una esquina, o en pisando la otra calle, o en la siguiente manzana, o en otro momento cualquiera... Pero que nunca encuentra.
Me cuenta que cada casa, que es la misma de siempre aunque untada de años, le hace recordar buenos ratos en la grata compañía de quienes, jóvenes todavía, en ella habitaron un día y ya no habitan; recuerda los trabajos, problemas y afanes compartidos con los que fueron sus amigos, sus vecinos de toda la vida, y que, con el tiempo, se fueron marchando uno a uno, sin apenas estridencias (tan sólo el velatorio y una misa solemne en la parroquia), como si no quisieran molestar con ese su adiós definitivo, delicado, sutil.
Recuerda cuando tenía a su alrededor personas mayores que él, y hoy es de los más viejos del pueblo, casi un anciano, me decía en la esperanza que yo refutara lo que decía, sobre todo lo de anciano. Y yo, sin saber qué decirle, le recordé, parafraseando a Epicuro, que no tiene por qué ser más dichoso el joven, sino el no tan joven que ha vivido una hermosa vida como la suya. Eso le dije, pero pensé, y sigo pensando, que mi entrañable amigo Eulalio pisa ya, o casi (por concederle esta leve, pequeña distancia), la geografía de la vejez y, además, creo que no halló mucho consuelo en las palabras, traídas con buena voluntad, del filósofo de Samos.
Nos separamos y quedé recordando su mirada, casi húmeda, y rumiando sus palabras. Ahora pienso que algún día ya no muy lejano, al pasar yo paseando, quizá también en solitario, por la casa que hoy habita Eulalio, pensaré en él y no en las personas (Dios sabe quiénes) que allí residan entonces. Y, quizás, esté triste como hoy lo está mi buen amigo. Y mis días, quizás también, serán un tiempo zurcido de recuerdos y ausencias, un tiempo habitado por la memoria de aquellas personas que se fueron, y se me fueron, para siempre. Un tiempo de casas donde vivan otras gentes, y un poco más untadas por las lluvias, las heladas y los vientos. No, no tengo grandes dudas sobre esto, más bien la incertidumbre de si yo encontraré alguna persona amiga a quien contarle lo que mi buen amigo Eulalio me contaba, como digo, hace unos pocos días. Y, además, me pregunto, ¿habrá alguien que intente consolarme, como yo a Eulalio, con las bellas palabras de Epicuro? Me temo que no, que los de mañana, si no cambiamos, no serán muy buenos tiempos para los ancianos. Pero, al menos, siempre nos quedará el consuelo, como bien apunta García Márquez, de hacer un pacto honrado con la soledad. Al parecer, no existe otro camino. ¿O sí?