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Artículo de Agustina García con motivo del Día Internacional de la Mujer

Agustina García Élez
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Agustina García Élez
jueves 08 de marzo de 2018, 10:05h
Hace casi medio siglo, 43 años para ser más exactos, la Organización de Naciones Unidas (ONU) declaró el día 8 de marzo de 1975 como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, o de la Mujer. Este último cuarto de siglo, y que miraba de reojo al final de siglo XX, estaba especialmente agitado, ocupado y preocupado por ir ganando terreno en lo que se refiere a derechos de las personas, en aras de una igualdad entre sexos que comenzaba tímidamente a asomar, pero que todavía tenía más detractores que defensores.

Poco a poco, la sombra del norte de Europa, que siempre han estado un paso por delante en lo que se refiere a una mayor amplitud de miras, se fue abriendo hueco también en España y en otros países del viejo continente, donde las reticencias estaban ligadas sobre todo a la historia, al conformismo o a la pasividad.

Parece que estamos hablando de hace años luz, al menos en la práctica, pero lo cierto es que quedan muchas barreras por ir salvando. Pero, también es verdad que eso no hace sino darnos más fuerza a todas y todos los que creemos en la igualdad para continuar en la senda de algo que es de sentido común.

Y digo que es de sentido común, porque los derechos y las políticas que se han puesto en marcha durante los últimos años van encaminadas a conseguir algo que debería ser lo habitual, el que las mujeres sean libres y elijan desde esa posición de libertad lo que hacer con sus vidas, nada más y nada menos como otra persona de este mundo.

Sin embargo, la realidad es muy distinta y, desgraciadamente, desde muchos foros se sigue viendo como una utopía. Afortunadamente, y aunque sea a una velocidad demasiado ralentizada, el lado bueno de la balanza cada año que pasa se va inclinando un poco más; un motivo que enorgullece a todos los hombres y mujeres que, con pequeños gestos domésticos, laborales, económicos, políticos, deportivos, culturales o sociales, contribuyen a hacer un país mejor, entre iguales, entre gente que se respeta sea cual sea su sexo, su raza o su religión.

Mientras somos testigos de cómo la sociedad española camina en esta senda, todavía tenemos que ser testigos, vía medios de comunicación en la mayoría de los casos, como en algunos países de Asia Oriental o África, por poner algún ejemplo, esas mujeres están siglos detrás de nosotros. La idea que se me pasa por la cabeza es la de poder hacer llegarles a todas ellas la realidad del mundo, fuera de esa mentalidad sectaria y sexista, y que quieren confundir con historia, tradición y cultura, en muchos de los casos, que está impidiendo que una persona, en definitiva, pueda desarrollarse en total plenitud.

Como decía antes, las actitudes machistas las podemos encontrar hasta en el gesto más volátil e imperceptible, pero cuyas consecuencias luego afectan a los comportamientos y actitudes que desembocan en verdaderos atentados contra una sociedad democrática. De ahí la importancia, como en todos los otros casos en que se evidencian desigualdades sociales por una cuestión similar, de iniciar el camino desde la base: la educación.

Nuestros hijos, hijas, sobrinos, sobrinas, etcétera, al igual que nosotros, reciben estímulos, percepciones y se van formando desde antes de tener uso de razón; asumiendo patrones, conociendo su entorno y asimilando realidades, conceptos que no siempre van en la mejor dirección para la formación de personas que hagan un mundo mejor.

Porque no queremos que nadie sea más que nadie, porque hombres y mujeres tenemos que ser copartícipes de la sociedad, muchas mujeres, y esperamos que también muchos hombres, nos sumamos al paro laboral convocado el día de 8 de marzo. El objetivo es concienciar, sensibilizar y reivindicar las desigualdades que afectan a las mujeres en los ámbitos antes descritos.

Pero la finalidad última es que todos estos sentimientos queden plasmados en leyes que dejen atrás la discriminación. Como, por ejemplo, propuestas como la del Partido Socialista encaminada a erradicar la brecha salarial y la igualdad laboral, para eliminar diferencias discriminatorias para el acceso al empleo, la promoción laboral, la precariedad o la temporalidad.

Ojalá, y a pasos más agigantados que hasta el momento, ver la igualdad hecha realidad deje de ser una utopía y todas y todos vayamos siendo testigos de una transformación que no hará sino conseguir una sociedad mejor.
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