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El monaguillo limosnero, una imagen singular de la Basílica del Prado

El monaguillo limosnero, una imagen singular de la Basílica del Prado
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Escrito por Ana María Castillo Pinero

martes 17 de marzo de 2026, 19:00h

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Algunos objetos nos llaman la atención, y no sabemos si es por algo personal o es que están así diseñados. A mí me sucede esto con el monaguillo limosnero que controla la salida, junto a la puerta lateral de la Basílica de la Virgen del Prado.

El resto de las imágenes del templo tienen un valor innegable, rebosante de devoción, antigüedad y arte, pero el monaguillo es entrañable, casi animado, y con su inocente expresión consigue arrancar a todo el mundo, si no una limosna, al menos una sonrisa. Este tipo de esculturas fueron fabricadas a finales del siglo XIX, y tuvieron su máximo apogeo en la década de los 50, convirtiéndose en figuras religiosas icónicas de una época.

Aunque originalmente se crearon como elementos móviles, los monaguillos permanecen hoy con algún tipo de anclaje en la mayoría de los templos. Además del valor propio de la recaudación de limosnas, poseen un cierto atractivo en el mercado negro del coleccionismo y han sido frecuentemente víctimas de rapto, a pesar de que su peso ronda los 30 kg.

La idea primigenia surgió de los talleres de Arte Cristiano de Olot, casa fundada en 1.880. Lo que caracterizó la actividad de este taller de escultura religiosa fue su capacidad de producción en serie, mediante el empleo de moldes, técnica en la que fueron pioneros. Hasta entonces la imaginería religiosa se había realizado de forma individualizada, mediante talla de madera. La utilización de moldes que se rellenaban de pasta de madera y escayola, supuso modernidad y hacer más asequible el arte religioso. Aunque se perdió exclusividad, se agradeció mucho en la postguerra cuando no había ni un duro, y se quiso restaurar el culto en los templos.

Casi todos los monaguillos limosneros de España son del taller de Olot, o una imitación de los mismos. Tienen esa estética que recuerda a los anuncios antiguos del Cola-Cao, puesto que fueron modelados bajo la influencia del creciente auge del mundo publicitario. A diferencia de otras imágenes del templo, los monaguillos limosneros son una figura de reclamo, y no de devoción. No se encumbran sobre pedestales y retablos, sino que permanecen en actitud expectante, a pie de suelo. Por este motivo, a veces nos sorprende su presencia, porque rompen con el contexto devocional y apelan a nuestra empatía, buscando la limosna. En el arte de pedir, la conexión emocional es más importante a veces que la causa, el propósito o la enmienda.

Necesita algún retoquito de restauración, pero el monaguillo limosnero talaverano es una figura enigmática, que desprende realismo y detalle en su vestimenta. Hay muchas anécdotas de gente que los confundió con niños reales, cuando estas huchas humanas hicieron su debut en los rincones tenues de las Iglesias. Las proporciones de la escultura y la reproducción exacta del traje universal de monaguillo (sotana roja y sobrepelliz blanco de puntilla), simulando pliegues en movimiento, transmiten sentimientos de inocencia y autenticidad, consiguen captar nuestra atención, que automáticamente se dirige hacia el cajón de madera con la palabra “Limosna”.

Arte, ingenio y utilidad en una imagen producida en serie. Como todos los iconos artísticos, el monaguillo limosnero presenta dos características: es capaz de llamar nuestra atención y consigue generar anécdotas, recuerdos y emociones. A veces lo genial se disfraza de pequeño y cotidiano, incluso bajo un halo infantil, pero no deja de ser sobrecogedoramente hecho a conciencia.

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