El agua se estremece, cuando en la esperada Noche de San Juan, despiertan de su letargo Moras y Encantadas. Las inquietantes féminas de nuestra mitología local, preparan sus peines dorados, sus espejos de plata y, con voz eterna, afinan el murmullo de los arroyos. Se acicalan los largos cabellos mientas susurran hechizos de amor fatal bajo la luna.
La Ruta de la Peña de la Mora, en Belvís de la Jara, nos conduce hasta un lugar esotérico, donde según cuentan los ancianos, la naturaleza entra en trance, ante la perturbadora aparición de una hermosa criatura: la princesa protectora de las aguas del Tamujoso. Los que la han visto afirman que su belleza no es de este mundo. Los pastores y labriegos que trataron de acariciarla, desaparecieron en la espesura de la noche.
La Ruta PR-TO-51 conduce en su primer tramo hacia el peñón que habita la princesa mora. Dice la leyenda, que hace siglos, venía de un largo viaje, un rey moro con su séquito. Su hija, extenuada, decidió hacer un alto en el camino y se dio un baño en este paraje. Quedó tan reconfortada con las frescas aguas del Tamujoso, que después de muerta, su espíritu volvió y se quedó para siempre contemplando el paso del arroyo y alimentando con su sangre los frutos de las zarzas.
Durante la mágica Noche de San Juan, desde hace siglos, el espíritu solitario de la princesa mora toma forma y se aparece por Los Riscales. Dicen los ancianos que, si se la ve, es mejor huir y no mirarla demasiado, ya que, bajo su fina piel, se esconde una alimaña ancestral de naturaleza sobrehumana y retorcidas intenciones.
Las leyendas de Moras y Encantadas, propias de la mitología toledana y extremeña, nos hablan de diferentes momentos históricos, que se han entremezclado y perdurado en nuestra memoria colectiva. La existencia de figuras femeninas, deidades protectoras de la naturaleza, nos recuerda el culto de antiguos pueblos, como los vetones, que habitaron esta zona y adoraban a la diosa Ataecina ,”La Renacida”, diosa del inframundo, relacionada con la fecundidad, la sanación, el agua y la luna.
Algunos investigadores sugieren que el término mora, podría proceder de la palabra prerromana “mor”, que significa cerro o túmulo, donde era frecuente que se realizaran actividades de culto religioso, especialmente en ubicaciones próximas a manantiales.
La alusión a un rey moro en esta leyenda, nos conduce a siglos pasados en los que hubo una convivencia en la península de las tres culturas: cristiana, musulmana y judía. Esta convivencia finalizó con las expulsiones de los moriscos que tuvieron lugar en el siglo XVII bajo el reinado de Felipe III. Lo morisco quedó en nuestro imaginario colectivo censurado, asociado a un halo de oscuridad, falsedad y herejía. Pasados unos siglos, la lejanía con la cultura musulmana hizo que el recuerdo de aquella sociedad, quedara mitificado en forma de personajes legendarios sobrenaturales (reyes, princesas, magos, etc.), con poderes oscuros.
Los relatos fabulosos siempre tienen una cierta parte de realidad, aunque pasada por el tamiz de lo mágico. Si excavamos en lo más profundo de los estereotipos que se nos presentan en esta y otras leyendas de mujeres en la Noche de San Juan, encontraremos fuertes prejuicios sobre las figuras femeninas que actúan en solitario, presentándolas como embaucadoras y asesinas de hombres.
La hermosura acompañada de maldad, el poder femenino capaz de dar la vida, porque procede del inframundo y de la muerte. En definitiva, advertencias que durante siglos se han realizado a la sociedad, avisando de lo peligroso que resultan las mujeres que andan solas y libres por las márgenes de los arroyos. Algunos se quedaron con el cuento, y todavía viven anclados en esta ficción. Tal vez su propio miedo a desaparecer en la espesura de la noche, no les permita admirar el espectáculo de creación que nos ofrece el despertar de Moras y Encantadas, especialmente en los numerosos senderos que atraviesan la natural y mágica comarca de la Jara.



