Javier Fernández
miércoles 23 de abril de 2014, 10:51h
Estoy de vuelta, algunos de vosotros, queridos lectores, me han echado en falta durante una semana, o al menos eso es lo que me habéis dicho.
Como la gran mayoría de los que, aún, tenemos la suerte de estar trabajando, el verano es la estación más propicia para disfrutar de vacaciones. Yo no he querido hartarme y por eso me he dado un anticipo no muy extenso. Necesitaba descansar, desconectar y relajarme para volver a batallar cada día en las calles de Talavera y su comarca para serguir acercándoles la información que ustedes necesitan cada semana, también a diario en nuestra página digital. Finalmente la opción escogida fue la de la volar hasta las Islas Afortunadas, esas que en la mitología se consideraban como la tierra más allá de las torres de Hércules en el Oceáno Atlántico. Pero lejos de cualquier mito, me siento muy orgulloso de haberlas pisado, de poder decir en primera persona todo aquello que te cuentan sobre la temperatura, sobre la gente, la gastronomía y, sobre todo la cultura. Sobre el tiempo tengo que decir que las noches son muy agradables, el calor no es el mismo enemigo que en el centro-sur de la península a la hora de dormir; pero el resto del día unos 32-34 grados solo podían combatirse gracias a un buen baño en la playa o en la piscina. Tenerife tiene todos aquellos ingredientes necesarios para convertirse en una visita ineludible. El norte encierra un climo mucho más fresco, un ambiente más canario y gran parte de su tradición histórica, patrimonial y cultural. Esas playas de arena negra, procedente de los volcanes, y esos pueblos que guardan importantes detalles de la evolución de la isla más grande del archipiélago, como Icod de los Vinos, y su drago milenario o Garachico, sepultado por la lava hace siglos. Es imposible ver en una semana un territorio insular tan variado y tan rico en costumbres, pero tengo que decir que me he sentido como en casa. Eso sí ha sido imposible quedarse sentado todo el día en la playa o en la habitación del hotel, había demasiado que recorrer. Por unos instantes, fui el hombre situado en el punto más alto de España sobre tierra, y desde allí pude constatar una pequeña parte de los estragos que el fuego está ocasionando en esta isla con forma de pata de jamón, así nos lo dijo nuestro guía. Encantadora también la isla de La Gomera, pequeña en habitantes pero grande en naturaleza y en conservación. Impresionante su Parque Garajonay, que recibe el nombre del amor prohibido de dos amantes aborígenes. También aquí fue donde Cristóbal Colón pisó por última vez en busca de las Indias para traerse la conquista de América. No pararía de contarles cosas, igual ya las conocen. Y quién no, lanzado queda el órdago para que me den su propia versión.