En el extremo septentrional de Guadalajara, una constelación de pequeñas localidades resiste el paso del tiempo y preserva un legado arquitectónico irrepetible: la Arquitectura Negra. Majaelrayo, Valverde de los Arroyos, Campillo de Ranas, Campillejo y todo lo que antaño fue el Concejo de Campillo de Ranas conforman un territorio singular, cincelado por la pizarra. Sus tejados oscuros, sus muros rojizos o negruzcos y la disposición casi orgánica de sus calles revelan un modo de vida que nació en íntimo diálogo con la montaña, con sus materiales y con sus ritmos.
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No es casual que este espacio se encuentre en pleno Parque Natural de la Sierra Norte, uno de los enclaves más valiosos de Castilla-La Mancha. Hayedos y quejigares comparten terreno con pinares, encinares y enebrales; sobre ellos, vuelan el águila real, el halcón peregrino y el buitre leonado. En el sotobosque, furtivos y esquivos, sobreviven corzos, ginetas, zorros, gatos monteses… y el lobo, que en estas sierras nunca dejó de ser una sombra posible.
Presidiendo el conjunto se alza el pico Ocejón, el centinela oscuro de 2.048 metros que marca el carácter de estas tierras. Sus cumbres, nevadas durante los duros inviernos, son un imán para senderistas experimentados y caminantes ocasionales que buscan una cima asequible y panorámica. Desde él se despliega un territorio agreste pero acogedor, donde lo inhóspito y lo amable conviven con natural armonía.
MAJAELRAYO: LA MEMORIA DE LOS INVIERNOS LARGOS
A 1.182 metros de altitud, Majaelrayo se abre paso en la cabecera del valle del Ocejón. Sus lomas pizarrosas y sus pastos abundantes sustentaron, durante siglos, una importante cabaña ganadera. A su vez, la explotación de los vastos robledales para producir carbón vegetal fue durante años una actividad económica fundamental: un ejemplo de cómo los pueblos de la sierra adaptaron sus recursos a la demanda de otras comarcas castellanas.
El caserío de Majaelrayo, construido en edificios de mediano e incluso gran tamaño, es un prodigio de la Arquitectura Negra. La pizarra, la madera y el barro dan forma a viviendas que, como antaño, compartían espacio con animales de trabajo, gallinas, cabras y ovejas. Su urbanismo es particular: grandes manzanas de casas que fueron adosándose con los años, dejando los corrales en el interior, como patios comunitarios.

En la mayoría de estas viviendas, la vida familiar giraba en torno al zaguán, donde se ubicaba la cocina y su característica chimenea de campana amplia, que ascendía casi como una columna vertebral hasta la cubierta. Era un espacio de calor y reunión, el centro emocional y práctico de la casa. Sobre él se situaba el sobrao, un altillo amplio destinado al almacenamiento de grano y provisiones, indispensable para resistir los inviernos implacables.
Majaelrayo conserva, además, una de las festividades más vistosas de la comarca: las fiestas del Santo Niño, celebradas el primer domingo de septiembre y declaradas de interés turístico regional.

VALVERDE DE LOS ARROYOS: LA ARMONÍA HECHA PUEBLO
El ascenso desde Tamajón hacia Valverde de los Arroyos es, en sí mismo, una experiencia contemplativa. La carretera serpentea entre montañas y bosques, revelando paisajes cambiantes que anticipan la belleza del destino. A más de 1.200 metros de altitud, Valverde muestra un urbanismo cuidado, con plazas amplias, casas que parecen brotar de la misma tierra y un equilibrio perfecto entre tradición arquitectónica y entorno natural.
La Plaza Mayor, sorprendentemente luminosa, es el corazón del pueblo. Su fuente, de formas singulares, actúa como punto de encuentro para vecinos y visitantes. No muy lejos se alza la Iglesia de San Ildefonso, construida en 1854 íntegramente en pizarra, una joya que resume la identidad material de la comarca.

El Museo Etnográfico de Valverde es otro imprescindible, presenta salas dedicadas al telar, a la matanza tradicional, a la Arquitectura Negra y a la emblemática “Danza”, que forma parte del imaginario cultural valverdeño.
A las afueras de la localidad, la naturaleza despliega uno de sus espectáculos más memorables: las Chorreras de Despeñalagua, una cascada de cerca de 80 metros que corre poderosa tras las lluvias. El sendero que conduce hasta ella exige calzado adecuado, pero la recompensa es indudable.
Valverde es también punto de partida para descubrir Zarzuela de Galve, con su horno comunal y su fragua restaurados; Umbralejo, ejemplo perfecto de aldea rehabilitada; Almiruete, célebre por sus botargas y mascaritas; o las rutas que serpentean hacia los pueblos vecinos de la Sierra Norte.

CAMPILLO DE RANAS: CORAZÓN HISTÓRICO Y GEOGRÁFICO
En el centro del entorno, Campillo de Ranas ejerce como corazón cultural de la Ruta de los Pueblos Negros. Su historia está íntimamente ligada al antiguo Común de Villa y Tierra de Ayllón, del que formó parte desde la Reconquista. Durante siglos, todo su territorio –incluyendo sus pedanías– dependió del llamado Concejo de Campillo, una entidad que sobrevivió hasta la reordenación provincial de 1808. Solo a partir de 1826, Campillo pasó a integrarse plenamente en la provincia de Guadalajara.
Hoy, el municipio comprende cuatro núcleos con población estable: Campillejo, El Espinar, Roblelacasa y Robleluengo, además de Matallana y La Vereda, con presencia vecinal intermitente.

El aislamiento natural del valle moldeó tanto la arquitectura como la vida cotidiana. Sus casas de pizarra, madera y barro, levantadas con técnicas transmitidas de generación en generación, conforman un urbanismo aparentemente caótico pero profundamente funcional. Cada vivienda, cada pajar, cada cuadra responde a la lógica de la autosuficiencia que rigió estas sierras durante siglos.

CAMPILLEJO: ESENCIA PURA DE LA PIZARRA
Campillejo es una joya del valle. Pese a su pequeño tamaño, su caserío representa de forma magistral la Arquitectura Negra. Sus casas de pizarra ensamblada con barro y paja, los encalados en puertas y ventanas, y los detalles de cuarzo incrustados en los muros confieren al pueblo una estética única, casi escultórica.
Urbanísticamente, Campillejo es un laberinto encantador. Aquí las calles no se trazaron: surgieron como consecuencia de la ubicación de las casas. Las viviendas crecieron según las necesidades de sus moradores, dejando pasillos estrechos, recodos caprichosos y una circulación donde los vehículos avanzan con dificultad. Pero ese caos aparente es parte esencial de su belleza.

La pequeña iglesia, restaurada en el último tercio del siglo XX, conserva las líneas y materiales originales y mantiene la sacristía adosada al muro norte. Es uno de los símbolos del pueblo y punto de referencia para vecinos y caminantes.
La ubicación de Campillejo, en la falda occidental del Ocejón y rodeado por la Sierra de Ayllón, la de la Puebla y la del Rincón, lo convierte en un enclave ideal para el deporte al aire libre. Senderistas y montañeros pueden ascender a varios picos de más de 2.000 metros o recorrer los ramales del GR-60, que circunvala el Ocejón y pasa por la misma aldea.
A apenas 15 minutos se encuentra el embalse de El Vado, un remanso de agua rodeado de bosques de coníferas, perfecto para la práctica de piragüismo o kayaking. Allí existe una base de alquiler de embarcaciones que facilita la inmersión en este paisaje acuático lleno de meandros y rincones silenciosos.

UN TERRITORIO QUE RESISTE
La Arquitectura Negra no es solo un estilo constructivo: es una forma de habitar el territorio. En estos pueblos, la piedra habla. Habla de inviernos duros, de familias que se refugiaban alrededor del fuego, de pastores que recorrían la montaña con sus rebaños y de comunidades que supieron preservar su identidad frente a la erosión del tiempo.
Hoy, la comarca vive un renacimiento sereno. El turismo, el cuidado patrimonial y la revalorización de su legado han permitido que estos pueblos se mantengan vivos sin perder su esencia. Viajar a Majaelrayo, Valverde, Campillo de Ranas o Campillejo no es solo una escapada: es un encuentro con la memoria de una tierra que ha sabido convertir sus raíces en su mejor futuro.

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Fotos: ©Turismo de Castilla-La Mancha, Red Hospederías de CLM y Raíz Culinaria.
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