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Tras los pasos de Viriato: viaje a la Sierra de San Vicente

Tras los pasos de Viriato: viaje a la Sierra de San Vicente
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Un recorrido a través de pueblos, leyendas y paisajes, siguiendo la huella mítica del caudillo lusitano que desafió a Roma

viernes 12 de diciembre de 2025, 09:00h

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En el noroeste de la provincia de Toledo, justo donde confluyen los límites de Madrid y Ávila, se alza un territorio que parece ajeno a las prisas contemporáneas: la Sierra de San Vicente. Un macizo modesto en altura, pero enorme en riqueza natural, histórica y etnográfica, que hoy constituye una de las comarcas rurales más singulares de Castilla-La Mancha. Allí, entre los valles del Tiétar y el Alberche, pervive un modo de vida ligado a la tierra, a sus ritmos y a una memoria que se pierde entre leyendas, como la que asegura que Viriato, el caudillo lusitano que combatió a Roma, encontró refugio entre estas montañas.

Siguiendo sus supuestos pasos —reales o míticos— se despliega una ruta perfecta para comprender estas tierras: la Senda de Viriato, una columna vertebral de antiguos caminos, veredas y cañadas que hoy permiten al viajero recorrer la comarca “a ritmo humano”, deteniéndose en pueblos pequeños, praderas silenciosas y rincones donde la historia ha dejado huellas visibles. Y también invisibles.

Desde La Voz del Tajo te recomendamos que antes de realizar cualquier viaje turístico por la región visites la web Turismo de Castilla-La Mancha para conocer al detalle cada rincón y organizar tu escapada con planos, rutas, consejos y toda la información sobre patrimonio, naturaleza, gastronomía y fiestas.

PELAHUSTÁN: LA PUERTA ORIENTAL A LA SIERRA

El inicio de este viaje es Pelahustán, una pequeña localidad que en los siglos XI y XII formó parte de esa frontera incierta entre los reinos cristianos y los almohades. Su nombre podría remontarse a un caballero abulense del siglo XII, Pela Hustán, repoblador de estas tierras en tiempos convulsos.

El entorno de Pelahustán es una auténtica aula abierta de paisaje mediterráneo. Encinas, enebros, alcornoques, rebollos, quejigos y manchas de cantueso o retama conforman un mosaico vegetal que cambia con cada estación. Entre los berrocales graníticos —tan característicos de la sierra— corretean arroyos que serpentean entre prados, navas y dehesas donde pastan vacas y ovejas.

Pelahustán

La riqueza natural es tal que el municipio forma parte de la Red Natura 2000 y ha sido declarado ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves). El viajero que camine en silencio por cualquiera de los senderos que parten del pueblo podrá avistar rapaces, pequeños paseriformes y, en invierno, incluso especies migratorias que utilizan este corredor natural como punto de descanso.

Pero Pelahustán también guarda historia: en 1635 recibió su carta de villazgo, y con ella el derecho a erigir el rollo o picota que simbolizaba su autonomía. Un detalle más de un pueblo que, pese a su tamaño, ha conservado intacta su identidad rural.

Pelahustán

ALMENDRAL DE LA CAÑADA: VESTIGIOS MEGALÍTICOS Y TRADICIÓN TERESIANA

Entre la Sierra de San Vicente y la de Gredos aparece Almendral de la Cañada, atravesado por la histórica Cañada Real Leonesa, vía ganadera que durante siglos articuló el tránsito de pastores y rebaños. Ese papel de corredor explica la notable presencia de restos culturales de épocas muy distintas.

Los más antiguos son los Majanos, monumentos megalíticos prehistóricos cuyo misterio aún alimenta debates arqueológicos. A ellos se suman las llamadas Artesas, tumbas rupestres medievales que revelan asentamientos y enterramientos en estas tierras durante la Edad Media.

Almendral de la Cañada

El pueblo también reivindica una figura curiosa: Ana de Almendral, secretaria y estrecha colaboradora de Santa Teresa de Jesús. En el municipio aún se conserva el árbol por el que —según la tradición— Ana escapaba de casa para reunirse con la Santa. Memoria viva que une misticismo, historia y folclore.

Pese a su tamaño, Almendral presume de singularidades: posee el Récord Guinness por la zambomba más grande del mundo y fue uno de los primeros lugares de España en albergar una granja de avestruces, ubicada en el paraje del Encinarejo. Sus fiestas, celebradas en mayo y septiembre, mantienen el pulso festivo de una comunidad orgullosa de su pasado.

Almendral de la Cañada

LA IGLESUELA: UN REMANSO SERRANO A ORILLAS DEL TIÉTAR

Más al norte, casi en el límite con Ávila, se encuentra La Iglesuela, uno de los pueblos más fotogénicos de la comarca. Su estampa serrana, rodeada de prados y montes suaves, lo convierte en un refugio natural para quienes buscan descanso, buena mesa y aire limpio.

La presencia del río Tiétar, afluente del Tajo, modela un paisaje fértil donde destacan dos puentes de origen romano, testigos de un pasado fronterizo y de rutas muy antiguas. En la Plaza Mayor se exhibe una copia de una estela funeraria dedicada a “Viriato Tancino”, hijo de Tancino. No se trata del famoso líder lusitano, pero la coincidencia del nombre alimentó la leyenda que sostiene que Viriato vivió —y murió— en estas tierras.

La Iglesuela

En los días soleados, el Egido, una inmensa pradera a las afueras, se llena de visitantes y chamarileros (gentilicio de los habitantes del pueblo). Familias y senderistas disfrutan de un entorno que invita tanto al deporte como a la contemplación. El cochinillo, plato estrella local, cierra el círculo de una visita obligada para los amantes de la gastronomía.

La Iglesuela

SARTAJADA: BARRO, PUENTES ROMANOS Y MEMORIA SEÑORIAL

La carretera que conduce desde La Iglesuela hacia Sartajada es un espectáculo en sí misma. Encinas y alcornoques flanquean el camino mientras la Sierra de Gredos se dibuja como telón de fondo. De pronto, el viajero se encuentra con el puente romano de tres ojos que cruza la garganta de Torinas, preludio de un pueblo ligado históricamente a la artesanía del barro.

La Alfarería de Sartajada, regentada por la familia Fernández, mantiene viva una tradición de más de medio siglo. Allí, el botijo y el puchero —símbolos del pueblo— siguen fabricándose como antaño, con manos expertas que conocen los secretos de la porosidad y la cocción. No es casual que a Sartajada se le conozca como el “pueblo toledano de los pucheros”.

Sartajada

Su historia está marcada por el Señorío de Navamorcuende, del que formó parte desde 1276 hasta su independencia en 1678. La iglesia gótico-renacentista, construida entre los siglos XV y XVI, conserva escudos señoriales y una arquitectura que mezcla robustez y luz. A pesar de haber estado en ruinas durante el siglo XX —llegando a derrumbarse parcialmente durante la Guerra Civil— fue restaurada por completo en 1981, devolviéndole su majestuosidad.

Sartajada

UNA RUTA PARA DETENER EL TIEMPO

La Senda de Viriato, que hilvana pueblos como Pelahustán, Almendral de la Cañada, La Iglesuela y Sartajada, no es solo un recorrido senderista: es un viaje a un territorio donde conviven historia, paisaje y tradición. Donde los arroyos siguen marcando rutas ancestrales y donde las fronteras —antes militares— hoy son simples límites administrativos entre provincias.

Aquí el rumor del agua, el vuelo de las rapaces o el olor de los montes de encinares recuerdan que otro ritmo es posible. Que aún existen lugares donde el tiempo se detiene, y donde cada paso —quizá inspirado por aquel Viriato que desafió imperios— invita a mirar, escuchar y respirar con calma.

Un viaje que, más que seguir los pasos de un héroe, propone reencontrarse con los nuestros.

Para cualquier información puedes consultar la web de Turismo de Castilla-La Mancha.

Fotos: ©Turismo de Castilla-La Mancha, Red Hospederías de CLM y Raíz Culinaria.

Contenido patrocinado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.


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