Estoy enfadado y molesto, como ciudadano lo estoy y mucho. Siempre he creído que la ciudadanía obliga a la convivencia. Siempre he confiado en la reciprocidad del comportamiento ciudadano, entre ciudadanos, por su condición de personas. Convencido de que el individualismo acaba con la búsqueda del bien común. No es que yo sea comunista, pero creo que el avance evolutivo del ser humano viene provocado por el desarrollo de la conciencia colectiva y la percepción social de la existencia. Esto implica el desarrollo de la sociedad moderna, el surgimiento de los estados-nación, el imperio de la ley, los clubes de fútbol o los partidos políticos, por ejemplo.
Llevo dando vueltas, desde hace bastantes días, a la idea de que la voluntad de la sociedad española es totalmente contraria a la interpretación que algunos responsables de partidos políticos hacen de la voluntad de la sociedad española. Creo que llevamos ya muchos años en el error interpretativo y prueba de ello es cuando aparece algún político diciendo que ha entendido el mensaje que la sociedad ha enviado con claridad en las urnas. ¡No se han enterado, ni de coña!
En un momento en el que la ideología quiere ponerse en tela de juicio, especialmente por quienes, en lugar de demostrar la nadería de su gestión política, la emplean como arma arrojadiza a fin de herir a quienes no piensan como ellos. Una política polarizada de manera obscena que está provocando la expulsión del centro político de buena parte del electorado, de la ciudadanía.
Hoy los partidos ponen a diario en cuestión su propia capacidad para gobernar, para ser partidos de gobierno. La democracia española avanzaba en su adolescencia con la garantía y la confianza en la existencia de partidos con SENTIDO de ESTADO, los mayoritarios y los minoritarios. El respeto institucional y la responsabilidad de quién representa a la ciudadanía. Esa pérdida o renuncia al SENTIDO de ESTADO se plasma y se materializa en la falta de diálogo, en la falta de entendimiento, en la carencia del menor de los intereses, de los intentos por entenderse, entre dos bloques cada vez más alejados, la derecha y la izquierda. Pero incluso, y lo estamos pudiendo comprobar en los últimos días, la imposibilidad de entendimiento entre partidos pertenecientes al mismo bloque. Así ha sido imposible presentar una opción de unidad en la izquierda aragonesa y así se producen a diario, distanciamientos y rupturas de gobierno entre PP y Vox, a ver quién es más de ultraderecha.
Qué decir de los ataques que sufre García-Page provenientes de las propias filas socialistas por mantenerse firme en posiciones socialdemócratas, moderadas y de permanente búsqueda del entendimiento, ofertas de colaboración, búsqueda de la participación de la sociedad y sus representantes en políticas para combatir la despoblación, la implantación empresarial y de desarrollo económico, defensa de las infraestructuras y los recursos naturales como el agua, el equilibrio y la cohesión territorial, el sostenimiento y accesibilidad a los servicios públicos o la financiación.
La fragmentación del voto es la consecuencia de la fragmentación social, de la disparidad de pensamiento. La fragmentación y la disparidad en un parlamento marcan obligaciones de entendimiento y acuerdo. Esto que en la teoría algunos partidos lo pronuncian muy bien, en raras ocasiones son capaces de llevarlo a la práctica. Porque ponerlo en práctica implica renuncias en pos de acuerdos. Renuncias que nunca harán quienes consideren que benefician más a la otra parte y quien valore más la pérdida de la renuncia en clave de pérdida electoral de los propios que en beneficio común. El ejemplo más reciente lo tenemos en Castilla La Mancha, donde el PP de Paco Núñez después de años de negociación para alcanzar un acuerdo para renovar el estatuto de autonomía, después de iniciar su trámite parlamentario en el congreso se descuelga rompiéndolo con enmiendas de asuntos ya resueltos y en los que decían estar de acuerdo. Un comportamiento desleal y desconfiable del Partido Popular que en Castilla-La Mancha no se puede olvidar.
El caso es, que por desgracia parece que hoy los partidos políticos son cada vez menos útiles a los intereses sociales. Las permanentes crisis de credibilidad, pérdidas constantes de confianza y el autocuestionamiento de su legitimidad y representatividad les ha convertido a ojos de la ciudadanía en (SL) Sociedades Limitadas a la caza de rentabilidad. Poco preocupadas de su masa social y con disputas entre los componentes del consejo de administración a cuenta de dividendos que no siempre se consiguen y nunca se reparten como la masa accionarial quiere.
Parten de cuotas de mercado y de targets clientelares a los que dirigirse y, que me atrevería a decir, conscientes de lo inalcanzable, de lo inaccesible de determinados sectores de esos mercados que se llaman sociedad y en los que ni invierten, ni se molestan en emplear esfuerzo, plantear propuestas, ni tratar de seducir. La sociedad española se encuentra en esa fase. La política española se ha convertido en algo parecido a una gran plaza de abastos.
Hoy algunos partidos políticos se han empeñado en demostrar que, si en algún momento creímos que tenían un papel imprescindible, se están convirtiendo en innecesarios y caminan hacia la irrelevancia.