Hay veces que el cielo nos pone a prueba, pero otras veces somos nosotros los que nos ponemos la zancadilla. Lo que ha vivido Talavera esta primera quincena de febrero de 2026 no es solo una cuestión de "caer chuzos de punta", es una cuestión de gestión ante la adversidad. Porque los datos, esos que no entienden de política, nos están gritando una verdad que el equipo de gobierno actual intenta tapar jugando al escondite.
Hagamos memoria, que para eso estamos. El récord de agua de lluvia caída en Talavera en su historia nos remonta a octubre de 1990 con 110 litros por metro cuadrado en un solo día. El 11 octubre de 2010 cayeron casi 49; en septiembre de 2011, 68 y el 21 de septiembre de 2022 la ciudad registró 52 litros y medio. ¿Y qué pasó con La Portiña? Pues que tragó. Con esfuerzo, pero tragó. No vimos el caos de estos días.
Sin embargo, este febrero de 2026 han caído 95 litros en cinco jornadas contando con el día de más lluvia. Y eso que el soterramiento del arroyo es el mismo que se culminó en los años 70 con las mejoras producidas en estas últimas 5 décadas. Entonces, ¿cómo se explica que hayamos tenido el agua al cuello en Entretorres y el Casco Antiguo? La respuesta no está en el cielo ni en los alegatos de algunos iluminados, que ahora desaprueban el soterramiento del arroyo que pasa por debajo de la ciudad, sino en el desarreglo que se ha hecho del cauce.
Miren ustedes, la gestión de la limpieza de las cañas ha sido, por ser generosos, un despropósito. Se anunció a bombo y platillo un desbroce por parte del concejal de Vox Gerardo Sánchez, pero lo que se hizo —en realidad— ha sido condenar a muerte el drenaje de la ciudad. Las cañas cortadas y el resto de maleza abandonadas muy probablemente hayan hecho de tapón, convirtiendo nuestros arroyos en embalses improvisados que han buscado salida por donde han podido: los garajes de los vecinos.
El Alcalde Gregorio calla, bueno entona el conocido “¡Yo qué sé, tío!” porque no tiene explicación convincente para que, con una lluvia menos intensa que en otras ocasiones, la ciudad haya colapsado. Se esconde tras la petición de zona catastrófica, esperando que el sol de primavera seque las humedades y la paciencia de los talaveranos. Pero el barro, una vez que se mete en casa, cuesta limpiarlo y la mala gestión política mancha más que el río.
Si en 50 años la infraestructura aguantó lo indecible, ¿por qué en 2026 ha fallado? Alguien en el Ayuntamiento debería dejar de mirarse el ombligo y empezar a reconocer los errores, porque la naturaleza no es la culpable de que las cañas mal cortadas se conviertan en presas. La responsabilidad tiene nombres y apellidos y, por mucho que intenten esconder la gestión bajo el lodo, los afectados reales seguirán preguntando por qué esta vez La Portiña no pudo más. Como si en Talavera no hubiera llovido nunca.