Cuando estoy en clase de Pilates, mi profesor me dice que separe las orejas de los hombros. Me pregunto si es que él no la ve. Me refiero a la mochila invisible, esa que transportamos las mujeres en la espalda y nos impide sacar pecho.
Si como yo, eres mujer y estás en torno a los 50, te sentirás sin energía, y te dirán que hagas entrenamiento de fuerza, pero a lo mejor convendría revisar qué llevas en tus costales. Tu objetivo ya lo están señalando otros por ti, no envejezcas, no asomes ni una arruga, no engordes un gramo, porque debes estar siempre perfecta.
Tú, te harás cargo de los hijos y de cualquier familiar en situación de dependencia, pero no te olvides de sonreír, porque cerca de ti, habrá un alma caritativa que, por tu bien y desde el cariño, te haga ver lo estropeada y amargada que estás. Recurre a la psicología y a la autoayuda, si es necesario. Que te enseñen a respirar bien, no vaya a ser que la ansiedad se te asiente definitivamente en el diafragma.
No exagero si te digo que estoy muy harta de acudir a la tutoría escolar a recibir taza y media de fracaso maternal, que mi médico de cabecera no me hace ni caso, porque soy mujer y estoy en esa edad, que en mi trabajo sólo promocionan los que van libres de carga. Pero lo peor es que de tanto llevar esta mochila, a veces hasta a mí misma se me olvida y dudo de mi propia capacidad.
Detesto cuando una famosa sale en redes sociales explicando su rutina matinal, porque me hace sentir perezosa, falta de entreno y sobrada de carbohidratos. Nadie te cuenta que ese extra de energía que ella irradia procede de otra mujer anónima que, por un módico precio (explotación intra género), limpia la casa y cocina. Al final, la salud femenina tiene mucho que ver con el presupuesto familiar.
El término “mochila invisible” lo acuñó la investigadora social Peggy McIntosh en 1.989 y se refiere a aquellas cosas que no vemos, pero que nos acompañan en nuestra vida cotidiana, a veces jugando a nuestro favor, a veces en nuestra contra. La guionista y cineasta Inés París escribió “El pueblo de las mochilas invisibles”, un relato en el que se describe una sociedad aparentemente igualitaria, en la que cada año se realizaba una gran carrera para acceder a los puestos de poder. Hasta aquí todo parece muy justo, pero nadie se daba cuenta de que, a las niñas, cuando nacían, se les colocaba una pesada mochila invisible de modestia, dedicación a los demás antes que a una misma, perfeccionismo, autoexigencia, culpa, etc.
El feminismo no va de quién gobierna, ni es un concurso de masculino contra femenino, o viceversa. El feminismo trata de ver cómo están configuradas las estructuras de poder en la sociedad que generan una desigualdad. A los que dicen que en la actualidad no son necesarias las acciones de discriminación positiva, yo les invito a que miren las espaldas de las mujeres que hay en su entorno.
La Historia nos vendió que el hombre era cazador y la mujer, recolectora. Ellas aparecen en los museos siempre agachadas, cuidando niños y transportando un enorme cesto. Hoy sabemos que esto no es cierto. La mujer paleolítica cazaba, fabricaba herramientas y lideraba grupos. La imposición de la cultura de la fuerza basada en la violencia, a partir del Neolítico, hizo que pasáramos de ser la Venus de Willendorf, a ser esclavas de la humanidad. Poco a poco, la mochila cargada de leña se hizo invisible, pero hoy sigue pesándonos.
El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es un día para aprender a reescribir la historia, visibilizando aquello que nos impide crecer como sociedad y avanzar desde la igualdad real.