Si alguien pensó que 2025 había sido malo, este 26 ha comenzado con noticias peores de lo esperado. No hay más que leer los titulares diarios. Pero miro a los adentros de esta profesión y me entristezco otra vez. Hace una semana se despedía de nosotros Fernando Ónega, un gran contador de la Transición, el ideólogo de los discursos de Adolfo Suárez. Y ahora se nos marcha mi estimado Raúl del Pozo, periodista valiente y escritor sin rubores, que –además– era paisano y escribía con la claridad que hablaba, sin paños calientes.
La única biografía, muy a su pesar, que se ha escrito sobre este insigne periodista conquense lleva ese título más que llamativo: “No le des más whisky a la perrita”, sorprendente pero que refleja alguno de los muchos prismas de un hombre de existencia intensa, que no escondió su ideología y que siempre buscó la verdad sin reparar en escondrijo alguno ni en las consecuencias de cada una de sus palabras dichas o escritas.
El recorrido por la abrupta vida de quien ya nos espera en no sé qué lugar se salpica de entrevistas con sus amigos… Pérez-Reverte, José María García, Jesús Quintero, Carmen Rigalt, Jiménez Losantos, Antonio Casado o Manuel Vicent, otro de mis admirados, que tituló su compendio de artículos en El País con el evocador “Nadie muere en la víspera”, un valiosísimo regalo que recibí recientemente y ni siquiera podía imaginar. Pues para Del Pozo la víspera ya ha caducado.
Y fíjense que el último ejemplar que he recibido de alguien que conoce mi afición por los libros ha sido, precisamente, “Cuenca, la primera Manhattan”, ese recorrido de Raúl del Pozo por su tierra ensalzando las raíces y mostrando las lindezas serranas, como es de justicia.
Cuando uno es casi fanático de las crónicas periodísticas, las columnas de opinión o practicamente cada letra impresa, ante semejante abanico de insignes juntaletras sólo puedo considerarme un pequeño saltamontes.
A Raúl le trajo siempre al pairo lo que opinaran sobre sus opiniones, él hablaba y escribía según sentía, pasando de la cuasi blasfemia al romantiscismo más recalcitrante. Miró siempre al mundo desde un púlpito inexistente porque prefería ver la actualidad con las gafas del observador más crítico y anárquico, haciéndonos disfrutar de su verbo claro y dulce a la vez. No quiero ni puedo imaginarme cuánto hierro y sal habría en sus siguientes columnas con lo que tenemos alrededor.