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CARTA DEL DIRECTOR

Ikigai

Escrita por el Director de La Voz del Tajo, Alberto Retana
Escrita por el Director de La Voz del Tajo, Alberto Retana

Escrita por el Director de La Voz del Tajo, Alberto Retana

miércoles 22 de abril de 2026, 10:17h

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Hay palabras que llegan desde lejos para explicarnos lo que aquí llevamos demasiado tiempo maquillando. Por ejemplo, Ikigai. Suena limpio, casi armónico. Como si la vida fuera una partitura bien escrita. Pero claro, luego uno baja al portal, mira el precio del alquiler o de las hipotecas y todo se convierte en ruido. Miren, si no, lo que ocurre con el problema de la vivienda.

El ikigai es la razón de levantarse cada mañana y encontrar el punto donde coinciden lo que amas, lo que sabes hacer, lo que el mundo necesita y aquello por lo que te pueden pagar.

La generación mejor formada de nuestra historia, nuestros jóvenes, saben lo que les gusta, pero no encuentran cómo vivir de ello. Otros tienen habilidades, pero no encuentran propósito. Y algunos, directamente, ni siquiera han tenido tiempo de preguntarse qué quieren, sólo tienen prisa por sobrevivir.

El problema no es la falta de talento. Es la falta de calma y de espacios donde equivocarse sin que eso cueste demasiado caro. El vértigo de las redes sociales no permite errores y sí empuja a una carrera diaria por destacar sin más.

Y, claro, a la vista de las noticias del telediario, donde el éxito fortuito y el dinero fácil y hasta corrupto llaman la atención, es sencillo que cualquier joven caiga en la tentación.

Quizá por eso este concepto japonés está resonando tanto ahora. Porque frente al ruido, propone silencio. Frente a la prisa, pausa. Frente a la obligación, vocación.

Y no, no es un camino recto ni inmediato. Es un proceso más que una meta. Algo que se construye, que no se encuentra de golpe.

Algo que me recuerda las palabras del dramaturgo Álvaro Tato: “El verso es la música del idioma”. Y quizá ahí esté la clave de todo esto. De encontrar el ritmo propio en medio de tanto desorden. De aprender a escuchar qué nos mueve por dentro. Y de atrevernos, pese a todo, a seguir la armonía poética y ordenada que marque nuestra vida.

Hablar de ikigai en España, hoy, es casi una utopía. Es negarse a aceptar que la única melodía posible sea la de llegar a fin de mes.

Y, sobre todo, es recordar que una vida sin música —por muy rentable que sea— sigue estando desafinada.

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