Javier Fernández
miércoles 23 de abril de 2014, 10:51h
Cada vez que veo una información sobre el suceso que acabó con la vida de Marta del Castillo no puedo evitar leerlo con detenimiento, leyendo cada frase con el ansia de encontrar un resultado que nunca aparece.
Veo a esos padres languidecer, exhaustos física y moralmente, ante las continuas abatidas que les propinan los testimonios de los que acabaron con la vida de su joven hija o de aquellos que se ríen de la justicia jugando al despiste. Deben ser realmente maquiavélicos para mantener esa sangre fría, para tener esas faces altivas y desafiantes y, además, sentarse delante de jueces, fiscales y abogados y contarnos una historia como el que narra como le ha ido el día. En cierta ocasión dije que tuve la oportunidad de conocer a la tía de Marta, una ex trabajadora de la base del Cerro Negro, me ofrecí a colaborar con ella en la medida que yo pudiera. Me entregó una hoja para recoger firmas que poco después fotocopié. Reuní más de doscientas, no recuerdo exactamente, pero mi única intención es que algún día ese esfuerzo mereciera la pena y que su vil y cruel asesinato no quedara impune. Se han gastado millones y millones en su búsqueda, desde el Guadalquivir hasta una escombrera sevillana o la localidad de Camas. Nada. Ni rastro del cuerpo de Marta. En enero se cumplirán ya tres años de su desaparición, tres años desde que un ‘tal’ Miguel Carcaño fue detenido como autor de los hechos, algo que él mismo reconoció, y otros cuantos secuaces que fueron cómplices de la diabólica faena. Donde dije digo, digo Diego. Declaraciones contradictorias, cambios de versiones y un careo ridículo de unos chavales muy bien aleccionados, no sabemos si por su propia conciencia o por alguien de su entorno. ¡Pero si es que hasta uno fue capaz de ir a la manifestación bajo el lema ‘Todos somos Marta! Hoy más que nunca, que el Señor les pille confesados.