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La orilla derecha

Conticinio

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miércoles 22 de abril de 2020, 11:16h

Miras el reloj desorientada. Te has despertado cómo si llevaras horas durmiendo pero la oscuridad es aún la dueña y señora de todo lo que te rodea. La tenue luz de la luna se cuela por las rendijas de la persiana consiguiendo tan sólo distorsionar aún más la ya confusa realidad. Son las cuatro y media, pero tus sentidos, casi mágicamente,se encuentran al máximo rendimiento y eso te provoca un enorme desasosiego, porque a pesar de ello sientes sólo el vacío a tu alrededor. Intentas vanamente acceder al mundo que no sientes. No te atreves a levantarte de la cama y luchas sin éxito para tener la certeza de que sigues dónde te acostaste.

Un silencio atronador te aturde, golpea tu cabeza sin misericordia, te clava en la sien el único sonido real que puebla la estancia: el agitado latido de tu corazón. Todos tus malos pensamientos, todos tus temores y miedos se agitan en tu mente en una danza de locura, al son de la melodía de la nada más absoluta, esa nada que deja todo el espacio libre para que tus pensamientos sean conquistados por los fantasmas de la noche, por los siniestros personajes a los que el bullicio y la luz del día consiguen encerrar y que tu preferirías dejar para siempre en la recóndita mazmorra del olvido.

Te agitas en la cama, la tela del camisón pegada a tu cuerpo por culpa del frío sudor del miedo, marcando tus formas como una segunda piel, lascivia involuntaria derrochada, pues ni siquiera un incubo acude lujurioso a tu lecho llamado por tu cuerpo agitado.

Estás sola, poseída por esa soledad infinita que construye las noches casi eternas de tu dormitorio. Esa soledad en la que tu misma ni siquiera te sirves de compañía, pues huyes de quién eres, te abandonas e intentas escapar de ti, pero no puedes.

Ahogada por el silencio, incapaz de conciliar de nuevo el sueño que te libre de esa noche tan funesta como una negra mortaja, así te acurrucas esperando el paso del tiempo, esperando regresar a la vida. El tiempo detenido entre esas cuatro paredes. No eres y no sabes si volverás a ser. De repente, un hilo de luz rompe la densa negrura y a lo lejos suena el tañer de unas campanas. Amanece por fin y todo el tenebroso mundo que te asfixió desaparece. Tu cuerpo se relaja, tu respiración se acompasa y te sientes ridícula, pero en el fondo de tu alma sigue anidando el temor, el miedo a que en la próxima noche el silencio acabe por fin con tu cordura.

CONTICINIO: Hora de la noche en que todo está en silencio.

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