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La guerra de las palabras

La guerra de las palabras

miércoles 23 de abril de 2014, 10:51h
Le llamaban “piquito de oro”, en griego “chrysóstomos”. Ni Demóstenes en todo su esplendor. Ni Obama en sus discursos mediáticos. Ni el sursum corda en su pompa anónima.
Juan Crisóstomo era diferente a todos: “Dios no fabricó únicamente el cielo, sino también la tierra; ni sólo la tierra, sino además el sol; ni únicamente el sol, sino además la luna; ni sólo la luna, sino también las estrellas; ni sólo las estrellas, sino también el aire; y no sólo el aire, sino también los lagos y las fuentes y los ríos, los montes, los valles y los collados, los prados, los huertos…” Cambiando las coordenadas y lo que te venga en gana, te invito a imitar delante de un espejo a Juan Crisóstomo: “No solo el dinero, sino también el poder. No solo el poder, sino además la fama. No sólo la fama, sino también la belleza. No sólo la belleza, sino también la luna. La luna y también el polígrafo del Sálvame. Los lagos, las fuentes, los ríos, los montes, y las estaciones de esquí más glamourosas del planeta…”

Cinco meses antes de que le mataran a tiros, una mañana del mes de junio de 1963 Kennedy pronunció un famoso discurso: “Hace dos mil años se hacía alarde con las palabras “Civis Romanus sum”, soy un ciudadano romano. Hoy, en el mundo de la libertad no hay mayor orgullo que poder decir “Ich bin ein Berliner” (soy berlinés)”; creo que era por la mañana, no estuve allí.

Ni Demóstenes, Esquines, Cicerón o Agustín de Hipona. Ni el Gabilondo, el Willy Toledo, el sabiondo director de la Sexta o su Ana Pastor García siempre en la semana de carnaval
N.dor), la bella Ana Pastor. mejor murieron de amor.

Necesitamos una sociedad en la que no se llamen comunicadores a los charlatanes, ni artistas a los cómicos, ni intelectuales a los publicistas. Una sociedad en la que signifiquen algo las palabras. Con tanta palabrería, nunca sabremos si Pablo Neruda se murió o le mataron. Está enterrado junto a Matilde Urrutia en su casa de Isla Negra, la que compró en 1939 a un viejo capitán de navío español. Será lo que diga el discurseador del turno de guardia.
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