Los aficionados de la Monumental de Mérida se fueron a casa con la sensación de que en su plaza había pasado un torero de gran categoría como Tomás Rufo.
Todo ello pese al mal juego que dieron los toros de Rancho Grande que impidieron a Tomás enseñar lo variado y profundo de su tauromaquia.
Rufo dio una lección de entrega y profesionalidad en un ejemplo de cómo respetar a una de las aficiones más meritorias del mundo.
En el primero de su lote suplió con temple la falta de fuerzas del animal mientras que se la jugó sin cuentos ante el parado quinto. Sólo la espada evitó el triunfo.
Con el hambre que acostumbra a la hora de buscar el triunfo decidió regalar un toro ante el clamor de la plaza pero el animal que salió de toriles acusó falta de vista y reacciones realmente preocupantes.
Aunque la cuadrilla pasó un quinario Tomás salió firme para enseñar al toro jugándosela sin cuentos imponiéndose a un animal de los que te llevan a la enfermería. La ovación con la que la plaza le despidió fue el mejor ejemplo de haber caído de pie en una cita que seguro se repetirá en el futuro.