Hoy se cumple un año del apagón generalizado que dejó sin electricidad a millones de personas en toda España, un episodio sin precedentes que expuso con crudeza la fragilidad del sistema ante emergencias y, especialmente, la situación de extrema vulnerabilidad de las personas electrodependientes.
Aquel 28 de abril de 2025, el país quedó sumido en un “fundido a negro” durante varias horas. Para miles de ciudadanos fue una incomodidad; para otros, una amenaza directa a su vida. Las personas con discapacidad que dependen de equipos eléctricos —respiradores, sillas motorizadas o camas articuladas— vivieron la jornada con angustia, incertidumbre y, en muchos casos, miedo.
Con motivo de este aniversario, la agencia Europa Press ha recogido testimonios en Castilla-La Mancha que reflejan el impacto humano de aquel suceso. Uno de ellos es el de Lorenzo Martín Coba, padre de Lorenzo, conocido como ‘Chencho’, un hombre de 36 años que necesita ventilación mecánica constante debido al síndrome de Ondine, una enfermedad rara de la que existen poco más de 30 casos en España.
Desde Toledo, su padre recuerda aquel día como un escenario “casi apocalíptico”. Aunque el respirador de su hijo cuenta con una batería de emergencia de unas pocas horas, la incertidumbre creció al comprobar que el corte no era puntual. “No había información, no podíamos contactar con la distribuidora. Era imposible saber qué estaba pasando”, relata.
Ante la gravedad de la situación, improvisó medidas: compró pilas para el marcapasos diafragmático de su hijo y cargó el coche para usarlo como fuente de energía alternativa. “Mi angustia como padre se mezclaba con la necesidad de que él no percibiera el peligro”, explica.
Pese a que su vivienda cuenta con la consideración de suministro garantizado por vulnerabilidad, un año después denuncia la falta de protocolos claros: “No sabemos a dónde acudir si vuelve a pasar. Bastaría con tener puntos de recarga o un plan de actuación”.
Historias similares se repiten. Fouad Akoudad Omoum, padre de Salma, una joven de 19 años con un 96% de discapacidad que necesita respiración asistida, recuerda aquel día como de “caos y pánico”. La joven se encontraba en el colegio cuando ocurrió el apagón y, al regresar a casa, la familia se encontró con un obstáculo inmediato: el ascensor no funcionaba.
“Salimos corriendo al hospital”, relata. Allí permanecieron ingresados, en un entorno que les ofrecía seguridad. “El hospital está preparado. Nos sentimos tranquilos”, afirma. A raíz de aquella experiencia, se plantea adquirir un generador doméstico. “El aparato le da la vida. Es su pulmón”, subraya.
El apagón también afectó a personas con movilidad reducida. Enrique Alarcón, de 69 años, residente en Albacete y con lesión medular, describe la jornada como de “incertidumbre e intranquilidad”. Vive en un ático y depende completamente del ascensor. “Si me hubiera pillado fuera, no habría podido volver a casa”, explica.
Durante horas, evitó moverse para conservar la batería de su silla de ruedas, consciente de que no sabía cuándo podría recargarla. “Situaciones así nos dejan completamente bloqueados”, señala. Actividades cotidianas como ir al baño o levantarse de la cama se convierten en desafíos.
Como presidente de Cocemfe en Castilla-La Mancha, Alarcón destaca que el fallo de las comunicaciones impidió activar redes de apoyo. “No pudimos coordinarnos. En otras emergencias sí sabemos cómo actuar, pero aquí nos vimos superados”, reconoce.
Aunque valora la respuesta de la Administración en su provincia, insiste en la necesidad urgente de protocolos específicos. “Protección Civil debería contactar con los representantes del colectivo. Nosotros conocemos las necesidades de cada persona”, propone.
A raíz de aquel apagón, el Ministerio de Sanidad ha comenzado a impulsar la regulación de la electrodependencia con el objetivo de reforzar la protección de este colectivo ante cortes de suministro eléctrico. Sin embargo, quienes vivieron aquella jornada siguen reclamando medidas concretas y operativas.
Un año después, el recuerdo del apagón no solo permanece, sino que actúa como advertencia. Para las personas electrodependientes, la electricidad no es un servicio más: es una cuestión de supervivencia.