En este país nuestro, donde la actualidad no descansa ni en festivo, hemos hecho de la resiliencia una especie de deporte nacional. Basta asomarse a los juicios del caso Koldo o del caso Kitchen para comprobar que aquí nadie se rinde, aunque el viento venga de cara y las explicaciones hagan aguas por todos lados. Resiliencia, dicen ahora, con ese aire moderno que todo lo justifica. Antes lo llamábamos aguantar el tirón, mirar para otro lado o, directamente, salir por la tangente.
Porque si algo define este momento es esa capacidad infinita para resistir el chaparrón sin despeinarse. Declaraciones que no aclaran, silencios que dicen más que las palabras y estrategias que parecen sacadas de una mala novela de enredo. Cada uno torea la situación como puede, con más o menos arte, pero siempre con ese empeño por no asumir el golpe. Resiliencia, sí, pero de la que no construye, sino de la que se atrinchera.
Mientras tanto, el ciudadano asiste a este espectáculo con una mezcla de hastío y perplejidad. Y, sin embargo, aquí seguimos, viendo cómo los procesos avanzan lentamente, como si el tiempo también estuviera sometido a declaración judicial.
Y en paralelo, lejos de los focos de los tribunales pero muy cerca de la vida real, aparece otra palabra que también define estos días: perseverancia.
La del trasvase Tajo-Segura y quienes la defienden en esta bendita Castilla-La Mancha, que vuelve a situarse en el centro del debate nacional, como una vieja herida que nunca termina de cerrarse. Aquí no hay titulares judiciales, pero sí una batalla constante por el agua, por el futuro y por el equilibrio entre territorios.
Porque si algo ha demostrado esta tierra es que la perseverancia no es una pose, sino una necesidad. La de quienes ven cómo el Tajo sigue siendo esquilmado por intereses económicos y se convierte en torticero motivo de disputa, de decisiones políticas y de promesas que van y vienen sin que se cumplan las sentencias judiciales. Frente a la resiliencia de los despachos, la perseverancia de quienes dependemos del río es mucho más tangible, más urgente y, desde luego, mucho menos retórica.