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CARTA DEL DIRECTOR

Los dos años de Nixon

Los dos años de Nixon
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Escrita por el Director de La Voz del Tajo, Alberto Retana

miércoles 17 de junio de 2026, 10:17h

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Hay semanas que no pasan, sino que pesan. Se convierten en ese tipo de fotografía política que ningún gobierno quiere colgar, pero que termina dominando la pared.

La secuencia ya no admite la coartada de la casualidad. Ha empezado con la comparecencia de la esposa del presidente Pedro Sánchez, continúa con Leire Díez y Zapatero y, de fondo, una espera que no cesa: la sentencia para Ábalos y Koldo, dos nombres que se han convertido en capítulos abiertos.

En momentos así, la historia ofrece espejos incómodos. En 1972, dos periodistas —Bob Woodward y Carl Bernstein— comenzaron a tirar de un hilo en el Washington Post. Encontraron un escándalo que no fue inmediato, sino una estructura. Watergate no fue un estallido, fue una sedimentación que acabó por hacer insostenible la posición de Richard Nixon, quien dimitiría –quédense con el dato– dos años después, en 1974.

Las comparaciones nunca son exactas. Los contextos, los sistemas y las magnitudes pueden diferir. Pero hay patrones que se repiten: la concatenación de episodios, la erosión progresiva de la credibilidad o la dificultad de separar lo político de lo personal. Y pueden convertirse, incluso, en enrocamiento como el que tuvo Nixon y sostiene Sánchez, que llega a ofrecernos la perspectiva de que algunas actuaciones rozan el autoritarismo.

Fíjense que hace justo dos años Pedro Sánchez se tomó cinco días de reflexión para parar o seguir cuando se puso en marcha todo el carrusel judicial que ahora presenciamos. Aquello, que parecía un incendio localizado, hoy se percibe como el inicio de una línea que no ha dejado de extenderse.

Todo este problema ya no es periférico para situarse en el mismo centro del poder. Ya no es una cuestión de daños colaterales; es una cuestión de núcleo con el aderezo, incluso, de creerse por encima del bien y del mal.

El problema para cualquier gobierno no es solo la existencia de controversias, sino su acumulación sin relato convincente que las ordene. Cuando los hechos empiezan a parecer conectados —aunque sea solo en la percepción pública—, el terreno se vuelve inestable. Y ese lodo en el que tanto ha insistido Sánchez se hace cada vez más resbaladizo.

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