La final del Mundial no se explica: se oye. Se oye en los coches pitando sin orden pero con sentido, en las ventanas abiertas, en las banderas que aparecen sin pedir permiso. España está otra vez ahí, y hay algo en ese ruido que no molesta, que acompaña, que incluso reconcilia.
Conviene, eso sí, no perder el matiz. Porque no es lo mismo patriotismo que patrioterismo. No es lo mismo, como decía un conocido alcalde de esta región, paisaje que paisanaje. Uno nace solo; el otro se fabrica. Uno suma sin ruido; el otro necesita hacerse notar. Y en noches así, donde todo parece limpio, siempre intenta colarse algo menos limpio.
Ahí aparece la insidia. No grita, no empuja, no se impone. Se desliza. Se disfraza de entusiasmo y busca apropiarse de lo que es de todos. Quiere convertir la celebración en discurso, el orgullo en frontera, la alegría en argumento. Y ahí es donde el fútbol pierde y la caricatura gana.
Pero hoy cuesta que esa insidia tenga espacio. Porque lo que manda es otra cosa: la gente. La gente que celebra sin manual, que abraza sin preguntar, que entiende que once jugadores han logrado algo que va más allá del resultado. Han dado una excusa para coincidir.
España está en la final. Y no es poca cosa. No por lo que se gana, sino por lo que se comparte. Porque, por una vez, el paisaje se impone al paisanaje. Y porque, mientras suenan los pitos y ondean las banderas, hay algo claro: hoy no se discute, hoy se disfruta… aunque mañana más de uno jure que siempre supo cómo había que jugar este partido.