Todavía se escuchan, por el talaverano barrio de La Solana, aquellos insostenibles agudos de las niñas de las monjas. Acudíamos a la Parroquia de San Juan de Ávila, más conocida como “la redonda”, a dar el recital, ajenas a la tragedia que años más tarde provocaría el desplome de su bóveda.
En contraste, por la Senda de los Elefantes, se entonaba un ronco “fun, fun, fun”, trasnochado y ebrio de marimorena. Todos somos supervivientes a nuestro modo de las navidades, bajo la misma banda sonora: los villancicos machacones de todos los tiempos.
Los villancicos son formas evolucionadas de antiguas líricas medievales, basados en una estructura métrica facilona. Hay quien los detesta, y hay quien los adora, porque a través de su elemental cadencia evocan nuestros recuerdos y afloran las emociones.
EL ORIGEN DE LOS VILLANCICOS
Para los amigos de la tradición zambombera, me gustaría precisar que el villancico es un género musical muy antiguo, aunque en origen, para nada navideño. Es un producto cultural “made in Spain” que ha traspasado nuestras fronteras a lomos del burrito sabanero. Coreado por los cuatrocientos en pandilla, y otros figurantes del show de Mariah Carey, el villancico empezó en una Castilla medieval, al compás de la bota de vino.
Como su nombre indica, era una forma de música popular cantada por los villanos (campesinos que habitaban las villas en la Edad Media). Existían villancicos de alba, canciones sobre amantes (amigos) que se separaban al amanecer. Los de vela susurraban al niño durmiente. Los había de sátira y de diferentes oficios.
Los villancicos no eran religiosos. Eran canciones profanas, escritas en lengua romance. Se trataba de versos que hablaban de amores, en confidencia con una madre o una hermana. Las protagonistas favoritas eran las malcasadas y se sacaba a relucir la “guarda” de las mujeres.
Existen libros de villancicos llamados cancioneros. El Cancionero de Palacio es un volumen histórico de gran valor que recopila muchos de estos antiguos villancicos castellanos del compositor Juan del Enzina (1.496), realizado por encargo del Duque de Alba. Esto nos indica la importancia que se daba a estas piezas musicales, en su mayoría lúdicas.
¿CÓMO SE CONVIRTIERON LOS VILLANCICOS EN CANCIONES NAVIDEÑAS?
Los villancicos gustaban mucho. Su estructura simple formada por una estrofa de tres o cuatro versos y un estribillo repetitivo, hacía fácil su comprensión. El ritmo era pegadizo y los instrumentos humildes. Cualquier persona podía cantar un villancico.
La Iglesia viendo el éxito de este género, no tardó en incorporarlo a sus liturgias, para fomentar la participación de los fieles. Fue en esta época, a partir del siglo XV, cuando comenzaron a vincularse a la Navidad, abordando historias sobre el Nacimiento en Belén. Algunos de estos villancicos religiosos se compusieron en latín, como el conocido “Adeste Fideles”, “Venid Fieles”, por ser la lengua oficial de la misa.
¿CUAL ES EL VILLANCICO MÁS FAMOSO?
El villancico más famoso de todos los tiempos, según expertos, es “Noche de Paz”, un villancico austriaco compuesto en el año 1.816, traducido a más de 300 lenguas y declarado por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2.011. En la Primera Guerra Mundial fue cantado en inglés y en alemán, por los soldados de ambos frentes, durante la Tregua de Navidad de 1.914.
No obstante, hay otros grandes temas como el que ha hecho millonaria a Mariah Carey, “All I want for Christmas is you”. Mención especial merece “El Tamborilero” de Raphael, emocionando a varias generaciones de españoles desde las navidades de 1.965.
¿POR QUÉ TIENEN TANTO ÉXITO LOS VILLANCICOS?
Termina la cena y el más valiente comienza a dar golpes en la mesa, con ese ritmillo que tanto nos suena. Entre mazapanes y turrones, acto seguido, la copa de sidra tintinea. Todos empezamos a cantar algún villancico que aprendimos en el colegio. Es sencillo, hace grupo y crea ambiente. Nos unimos a la fiesta, unos cantando, otros a la percusión. Los hay que callan, pero miran… y beben, y beben, y vuelven a beber.
El éxito de los villancicos está en su capacidad para fomentar la participación, incluso de los cuñados. Forman parte de nuestra cultura, y, además se adaptan con temáticas renovadas a todos los tiempos. Con su evocadora melodía, nos traen de vuelta recuerdos y ausencias. Lo mismo nos hacen reír, que llorar.
Para terminar esta historia, os contaré un secreto antropológico: hay que desconfiar de lo que se nos presenta como auténtico o genuino, porque la realidad nos enseña que las formas cambian. Yo, personalmente, prefiero reconocer el valor de aquellas personas y tradiciones que van evolucionando y nos regalan buenos momentos a lo largo de nuestra vida, como los villancicos. Por eso, queridos lectores y lectoras, os deseo unas felices fiestas, en compañía de vuestra gente y con vuestras costumbres navideñas, nuevas o antiguas, profanas o religiosas, pero, en definitiva, las que cada año os hagan sentir alegría y paz. ¡Feliz Navidad!