El programa ‘Huellas de Nuestro Tiempo’, emitido por Radio Televisión Diocesana de Toledo y conducido por Andrés Sánchez Escobar en colaboración con la Cofradía Internacional de Investigadores, dedicó su última entrega a Juan Ruiz de Luna y su cerámica en Talavera de la Reina, declarada Bien Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
En el espacio, José María Gómez, colaborador de La Voz del Tajo, ofreció un completo recorrido por la historia de la cerámica talaverana y la trayectoria del ceramista, situando sus raíces en los siglos XVI y XVII, considerados el periodo de oro de la producción local.
Gómez destacó cómo la cerámica alcanzó grandes cotas artísticas en esta época, con ejemplos como los frescos de 1636 en la Basílica del Prado, y cómo sufrió un lento declive durante el siglo XIX, marcado por la Guerra de Independencia, la pérdida de territorios ultramarinos y las desamortizaciones, que redujeron casi a la mínima expresión la cerámica artística.
Fue en este contexto cuando apareció Juan Ruiz de Luna. Nacido en Noéz en 1863, Ruiz de Luna se inició en la actividad artesanal con su familia, conocida por la fabricación de castañuelas de gran prestigio en Madrid. Tras trasladarse a Talavera de la Reina en 1883 para unirse al taller de sus hermanos como pintor decorador, quedó al frente de la empresa tras la muerte de ambos a causa del cólera. Gómez repasó cómo Ruiz de Luna, además de decorador, ejerció como fotógrafo, capturando imágenes de Talavera de comienzos del siglo XX que han llegado hasta hoy.
A comienzos del siglo XX, la cerámica talaverana se limitaba a la producción utilitaria de platos, botijos y cántaros, hasta que la llegada del ceramista Enrique Guijo desde Triana despertó en Ruiz de Luna su interés por la cerámica artística. Tras probar con varias piezas en el horno de Emilio Niveiro, Ruiz de Luna decidió abrir su propia fábrica junto con Francisco Arroyo y Enrique Ginestal en 1908, coincidiendo con la festividad de Nuestra Señora del Prado. El primer horno marcó el renacer de la cerámica artística talaverana, tras un siglo de casi total desaparición.
Durante la primera etapa de la fábrica, se produjeron obras emblemáticas como la Virgen del Prado pintada por Tomasa Ruiz, hija mayor de Juan Ruiz de Luna, así como paneles decorativos destinados a edificios madrileños como el Teatro Victoria, la Casa Cisneros y la Farmacia de la Reina Madre. José María Gómez resaltó la recuperación de la tradición de los siglos de oro y la perfección del azul talaverano, complementado con matices de amarillo, blanco y verde, y la introducción de innovaciones modernistas.
Entre 1914 y los años siguientes, con Enrique Guijo afincado en Madrid, Ruiz de Luna asumió completamente la dirección del taller, con Francisco Arroyo al frente de la pintura. En esta etapa, se consolidó la producción artística, incorporando zócalos, paneles de iglesias y casonas, escenas del Quijote, emblemas del siglo de oro y reproducciones de obras de Goya, Velázquez y otros maestros. Destacaron las obras para la Fundación Aguirre y la Fundación San Prudencio, así como la decoración de edificios públicos y privados en Madrid, que contribuyeron a la difusión del arte cerámico talaverano.
El programa también repasó la expansión internacional de Ruiz de Luna, con trabajos en Hispanoamérica, incluyendo fuentes y jarrones en Rosario, Argentina, así como la participación en la decoración de estaciones del metro de Buenos Aires. Gómez explicó cómo Ruiz de Luna adaptaba dibujos del siglo XVII a la cerámica, manteniendo siempre la perfección cromática y la expresividad de sus piezas, una característica que lo convirtió en un referente artístico tanto en España como fuera de ella.
Además, se abordó la última etapa de su carrera, con la colaboración de Francisco Arroyo, incluyendo la construcción de retablos como el de la Capilla del Cristo del Mar en la colegial de Talavera, la restauración de iglesias y la ornamentación de edificios en España y América.
El episodio cerró con un emotivo recuerdo de Francisco Arroyo, representado en un poema que Gómez dedicó a su memoria, evocando cómo, incluso en sus últimos momentos, el artista reconocía con emoción los objetos que habían sido el centro de su vida profesional.