Los idus de marzo siempre vuelven, pero en Talavera han dejado de ser una metáfora para convertirse en un estilo de gobierno: el de José Julián Gregorio, especialista en puñaladas políticas a la ciudadanía envueltas en sonrisas de foto institucional. Si a Julio César lo cercaron en el Senado en el 44 antes de Cristo, aquí la traición se ejecuta con garajes inundados, talas indiscriminadas en la ribera del Tajo o basura almacenada en las calles, entre expedientes ocultos y silencios administrativos. Los cuchillos ya no son de acero, sino de motosierra en manos del concejal de Medio Ambiente, David Moreno, y los conjurados no llevan toga, sino pliegos de condiciones mal entendidos y memorias justificativas que se resisten a enseñar.
Porque los idus de marzo, en Roma, eran un aviso: cuidado con la soberbia, cuidado con creerte intocable. A César le rodearon los suyos; al alcalde de Talavera le rodean ahora decisiones que se toman en un despacho por quien manda de verdad en el ayuntamiento, que no es él. Esparvel ha denunciado una tala de árboles sanos sin autorización en la Isla de los Molinos de Arriba. Es decir, alguien ha decidido que la letra pequeña de la Confederación Hidrográfica del Tajo es más flexible que las ramas, las semillas y los esquejes que han hecho desaparecer.
En este teatro de los idus talaveranos, José Julián Gregorio juega a ser César pero actúa más bien como quien mira hacia otro lado mientras ediles de VOX, como David Moreno, convierten la ribera en un solar “restaurado” o las inundaciones tienen ahora “soluciones mágicas” con Gerardo Sánchez escondido a las sombras de las cañas que rebanó en el cauce del arroyo de la Portiña y que luego han aparecido en las alcantarillas de la ciudad, mientras los vecinos de Entretorres aún siguen limpiando barro.
José Julián Gregorio ha querido hacer de las inundaciones de febrero un acto de victimismo meteorológico, pero los vecinos le han desnudado el relato en plena calle y en los plenos municipales. Mientras él apuntaba solo a la “gran cantidad de precipitaciones” y a los arroyos crecidos como causa principal, evitaba explicar por qué sus decisiones –o mejor su falta de decisiones– han convertido la lluvia en catástrofe para decenas de familias. La bronca vecinal no nace de un chaparrón, nace de la sensación de engaño: de un alcalde que acude con su presidente regional, cámaras y promesas, pero sin asumir que parte del agua que entraba en garajes y salones venía también de su inacción.
En La Voz del Tajo hemos puesto negro sobre blanco lo que el Ayuntamiento se esforzaba en barrer bajo la alfombra: “ya lo sabían y no hicieron nada”.
No se trata solo de un “lo sabían”, sino de un “lo sabían, tenían el dinero y aun así miraron hacia otro lado”. Es el manual perfecto de la irresponsabilidad: disponer de una memoria que describe el problema, de fondos para solucionarlo y, pese a ello, dejar pasar los meses hasta que ocurriera lo que ha ocurrido.
En esta Talavera de idus constantes, la traición no es a un emperador, sino a los vecinos que pagan impuestos y hoy pagan, además, facturas de reformas, muebles nuevos y noches en vela. Si en los años 70 Félix Rodríguez de la Fuente nos advertía de una “civilización de la basura”, hoy Talavera contempla otra versión: la basura de la desidia política, de las memorias que se redactan para Madrid pero no se aplican en casa, hasta que el agua llama a la puerta y ya no basta con culpar al cielo.