No ganamos para sustos en este tablero político de cada día. Ahora, Zapatero imputado y el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, se ha quedado “de piedra”. No es para menos; el golpe del juez Calama retumba en los cimientos de Ferraz. Sin embargo, más allá de la estupefacción del momento, la realidad de nuestro presidente autonómico evoca irremediablemente a Serrat: está sencillamente harto de estar harto. La diferencia con la mítica canción es que Page ya no le pregunta al mundo "por qué y por qué". Más bien se sabe de memoria las respuestas de un sanchismo monolítico que ha preferido el búnker a la autocrítica.
Y es que lo de Pedro Sánchez empieza a ser de estudio geográfico. Se ha empeñado en habitar una isla política que, más que paradisíaca, se parece a Groenlandia: una inmensa mole de hielo, aislada y gélida, que amenaza con arrastrar a las siglas históricas del PSOE hacia una congelación irreversible.
La actualidad nos escupe en la cara el diagnóstico de un Gobierno cercado por los escándalos, donde la estrategia numantina ya no genera épica, sino frío, mucho frío polar entre una militancia que asiste atónita al naufragio de sus feudos tradicionales mientras la única lumbre la enciende Page.
La prueba de que el hielo avanza sin frenos la tenemos bien reciente en el termómetro andaluz. La resaca electoral en Andalucía nos deja una estampa desoladora: el desplome de María Jesús Montero, con el peor resultado histórico. Con este nuevo gatillazo, las cuentas no fallan y el sanchismo encadena ya un implacable cuatro de cuatro.
Montero es el desgaste de una marca que ha fiado su suerte a la defensa a ultranza de la Moncloa, descuidando el sentir de unos ciudadanos que han dicho basta.
Pero en este dramático escenario asoman los de siempre, el partido de la eterna amenaza, ahora también Moreno Bonilla: VOX. Esos que son como los niños caprichosos de la plazuela, los que se adueñan del balón y dictaminan a cara de perro que o se juega bajo sus estrictas reglas o se rompe la baraja. Una pataleta idéntica, por cierto, a la de los separatistas catalanes, con su chantaje continuo al Estado. Al final, son los mismos y a todos estos dictadorzuelos de vía estrecha se les acaba cayendo la careta de demócratas cuando el poder no se pliega a sus caprichos.
En mitad de este erial, la figura de Emiliano García-Page emerge como el último islote, la única voz verdaderamente crítica dentro de un PSOE que prefiere callar y otorgar. Su claro reproche público es tan evidente como el murmullo de fondo que recorre todos los pasillos de la política nacional; porque esto no solo lo piensan los suyos, sino que lo admiten en privado, porque no se atrevan a verbalizarlo de cara a la galería, muchos cargos relevantes del propio Partido Popular.
Y eso demuestra que la gente, verdaderamente, está harta de estar harta.