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OPINIÓN | 'Misa post-covid', por Carlos Leopoldo García

OPINIÓN | 'Misa post-covid', por Carlos Leopoldo García
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miércoles 08 de julio de 2020, 10:00h

Tradicionalmente hemos conocido dos modalidades de misas, la preconciliar y la postconciliar, pero, de sopetón y sin previo aviso ni concilio alguno, se nos ha presentado una nueva variedad: la misa post-covid 19. Debo ser muy viejo si soy consciente de haber vivido aquellas antiguas misas preconciliares en mi infancia. Incluso he sido monaguillo antes que fraile, cuando aún se celebraban en latín. “Agnus dei qui tollis peccata mundi”.

En el idioma de los romanos me dieron también mi primera comunión. Ayudaba al cura a vestirse: alba, estola, cíngulo, casulla…; cuando celebraba dando la espalda a sus feligreses que, entre esto y los latines, se enteraban de la misa la media. Conocía de memoria toda la liturgia en latín, aunque ignoraba la mayor parte de su significado. Aun hoy puedo recitar el padre nuestro y buena parte de la letanía del rosario en latín, a base de haberlo escuchado diariamente en la iglesia y en casa, donde se rezaba el rosario cada tarde. Años después se aplicaría la normativa del Concilio Vaticano II, que comenzó antes de morirse Juan XXIII y de que asesinaran a JF Kenedy, pero esa es otra historia. En plena Guerra Fría los curas se volvieron hacia sus fieles, dando la cara y hablándoles ya en cristiano (nunca mejor dicho). Aprendimos el padre nuestro y el “Ora pro nobis” se transformó en el “Ruega por nosotros”.

El cesto seguía pasando por los bancos para que soltáramos las perras, pesetas entonces y hoy euros, en esto no hay cambio. No recuerdo cuando comenzó la socialización, consistente en dar la mano a todo el que se encontraba a nuestro alrededor, lo que me hizo espabilar en la adolescencia para colocarme en lugares estratégicos, cerca de alguna presa apetecible a la que ofrecer mi inocente mano. Por aquel tiempo nos modificaron la letra del padrenuestro, suprimiendo aquello de las deudas y los deudores, aunque yo he seguido fiel al original, incluso lo recito en ocasiones en latín para no olvidarlo. Privilegios de la edad. Pero inesperadamente la pandemia y la Nueva Normalidad nos ha traído la tercera variante litúrgica: la misa post-covid.

La Iglesia, en su afán de cumplir a rajatabla las recomendaciones de las autoridades sanitarias, ha ido mucho más allá y podría decirse que ha sido más papista que el Papa. El aforo está limitado y ahora, en vez de agua bendita, te ofrecen a la entrada un buen chorro de gel hidroalcohólico, ignoro si bendecido o no. La mascarilla es obligatoria, siendo imperativo también la separación estricta de tu parienta, hijos o amigos, con los que cohabitas y convives diariamente, en cercana relación sin barreras: dos en cada banco, situados en los extremos, y en el banco siguiente un solo y desangelado feligrés, que escuchará la misa huérfano, aislado y enmascarado, cual sospechoso de peste. Se acabaron las relaciones sociales, no se da la paz, aunque tampoco se declara la guerra.

El cura se frota las manos continuamente con el gel y se coloca la mascarilla para dar la comunión, en la mano por supuesto. En el confesionario se ha colocado una mampara que separa asépticamente al penitente y te obliga a elevar la voz para hacerte oír por el cura, lo que hace que se entere toda la parroquia de tus infidelidades cuando el confesor es algo durillo de oído. Uno piensa que la clientela, que ya de por sí venía menguando, va a disminuir mucho más con todo este protocolo postcovidiano. Yo creo que todo esto ha sido una estrategia preconcebida de los chinos comunistas y ateos, para acabar con el opio del pueblo. Estos chinos no inventan nada bueno, aunque, en honor a la verdad, este virus les ha salido de muy buena calidad. Ite missa est.

Carlos Leopoldo García Álvarez

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