Hay años que simplemente pasan, años que uno archiva como un cajón lleno de papeles que pronto dejarán de importar. Pero este 2025 —qué curioso, suena hasta redondo— ha sido justo lo contrario. Ha sido, sin duda, el mejor año de mi vida.
En Castilla-La Mancha, la tierra de la cerámica, del damasquino, de la lavanda, las navajas, los zarajos o los molinos, la actualidad ha girado tanto como sus aspas. Toledo será capital del cine y bate récords turísticos, Talavera ve más cerca su ansiada conexión ferroviaria directa con Lisboa, una noticia que no solo une dos países, sino también dos corazones históricos que siempre se buscaron en las rutas del Tajo. En Albacete, la feria recuperó cifras récord de visitantes; en Ciudad Real, la industria agroalimentaria volvió a brillar con exportaciones que rompieron fronteras; y en Cuenca, el turismo rural vivió una segunda juventud gracias al impulso del patrimonio natural y el arte contemporáneo. Guadalajara cerró el año como ejemplo de innovación tecnológica en el corazón de una región que ha aprendido a mirar al futuro sin olvidar sus raíces.
A nivel nacional, España ha vivido meses intensos: un año políticamente cada vez más incorrecto que confirmó que ella, la política, sigue siendo un espejo de nuestras pasiones y contradicciones; avanzamos en energías renovables colocándonos entre los líderes europeos; con una economía también discordante, porque sube enteros en lo macro y pasa penurias en lo micro, como bien definió el ilustre Rufián en el Congreso de los Diputados. Ese, quizá haya sido el motivo por el que nadie alardea de alegría en las calles pero los comercios, los bares y las notarías se llenan cada vez de más gente para gastar lo que dicen que no tienen.
Pero más allá de titulares y datos, este 2025 ha tenido para mí un brillo especial. No sé si fue el trabajo que por fin dio frutos, las personas que llegaron y se quedaron, o simplemente la madurez de aprender a mirar las cosas con el foco adecuado. Lo cierto es que cada noticia, cada éxito personal y colectivo, ha resonado también dentro de mí, como si esta tierra y quien suscribe hubiésemos compartido una misma historia de renacimiento.
Hoy, al cerrar el calendario, pienso que no hay mejor resumen de este año que una palabra sencilla: plenitud. Ojalá el próximo nos encuentre igual, con las manos algo más cansadas, sí… pero con el corazón todavía más lleno.