El 8M no va de llenar consejos de administración de mujeres “para la foto”, sino de romper verdaderamente el techo de cristal. No se trata de validar a una mujer por el hecho de serlo, algo que se hace con los hombres por inercia. La valía de una persona, independientemente del sexo que tenga, se demuestra y se desmorona cada día.
El 8M llega, otro año más, con una paradoja incómoda: nunca hubo tanta mujer trabajando ni tan formada, pero el mercado laboral sigue mirándola como talento de segundo orden y mano de obra de primera fila.
La paridad no tiene que ser una medalla estadística: debería ser la consecuencia lógica de reconocer el talento y en España hay miles de mujeres sobradamente preparadas a las que aún se les pide que demuestren el doble para llegar la mitad de lejos.
Cada 8M se nos insiste en que “vamos por buen camino”, pero los números demuestran que ese recorrido es demasiado lento para las urgencias de esta década.
Mientras tanto, el mundo arde en Oriente Medio: guerras lejanas y una factura cercana que nos llega a la puerta de casa en forma de energía más cara, inflación y una cesta de la compra que aprieta donde más duele, en las familias que viven de su trabajo y poco más. En ese tablero, el campo español, y muy especialmente el de Castilla-La Mancha, se juega su supervivencia. Por eso tiene sentido que estos días García-Page levante la voz en Europa para que la PAC y las decisiones sobre seguridad no conviertan a agricultores y ganaderos en daños colaterales, porque detrás de cada explotación hay apellidos, proyectos de vida y muchas mujeres sosteniendo, en silencio, varias jornadas en una sola.
Y en medio de este ruido, se nos va Fernando Ónega, cronista imprescindible de la Transición, una de esas voces que sabían informar de un país sin gritarle. En tiempos de ruido, trincheras y titulares que duran lo que un post, su figura recuerda que informar no es agitar, que una columna no es un misil sino una linterna.
Su muerte no es solo la despedida de un periodista brillante, sino el recordatorio de que necesitamos un periodismo que mire a la gente a los ojos sin rubores, que explique la guerra y la economía pensando en quién llega justo a fin de mes, que dé nombre y rostro a las mujeres que rompen barreras sin focos ni pancartas. Ojalá su legado nos sirva para algo más que para la nostalgia: para escribir, informar y decidir con la misma humanidad que él ponía en cada línea.
Tal vez el mejor homenaje a Fernando Ónega no sea un minuto de silencio, sino muchos años de palabras responsables. Palabras que hablen de mujeres y de campo, de guerras lejanas y facturas cercanas, de presidentes que negocian en Bruselas y de ciudadanos que no esperan excusas y sí respuestas.