En la Jara hay muchas historias que todavía no se han contado. No están escritas en los libros, pero permanecen vivas en la memoria de los ancianos. La población jareña es longeva por naturaleza y sus relatos son fruto de una realidad antigua, vivida y sostenida durante el paso de los años.
En una comarca un tanto aislada geográficamente, la gente aprende a ser autosuficiente en todo, incluso en la gestión de lo espiritual. Este es el caso de la veneración espontánea de un santo popular (no reconocido por la Iglesia) llamado Don Ramón Carrasco, y cuya sepultura, ubicada en el cementerio de Belvís de la Jara, se ha convertido en un lugar tradicional de devoción, especialmente para el pueblo gitano.
La tumba de Don Ramón está siempre muy adornada. No le faltan flores coloridas y tres palomas la custodian como ángeles de la guarda. En la cabecera tiene una gran cruz con un crucifijo dorado, al estilo calé, pero lo que llama la atención es la cantidad de objetos personales que la gente deposita allí, con la esperanza de que el santo atienda sus rogativas.
Chupetes, pulseras, amuletos, cintas del pelo…cualquier prenda es suficiente para dejar testimonio de la visita y de paso pedir por la salud u otras preocupaciones. A su intervención se le atribuyen sanaciones milagrosas y cumplimiento de intenciones. La población gitana de la provincia visita su tumba, especialmente el Día de los Santos, pero el santo ayuda a cualquier persona, sin distinción, siempre y cuando se acuda a él con respeto y devoción.
Los familiares más cercanos viven en la Nava de Ricomalillo, pero no se sabe exactamente qué hizo en vida Don Ramón. Algunos relatos sugieren que una vez intervino para evitar un derramamiento de sangre, pero nadie lo sabe a ciencia cierta. Sus descendientes dicen que su historia la sabían los mayores, pero por algún motivo, se llevaron con ellos el secreto de familia.
Las personas mayores de Belvís aún recuerdan al “tío Ramón”, como lo llamaban familiarmente. Era un gitano pacífico, vivía en total soledad y pobreza en una zahurda abandonada en las inmediaciones del camino de Valtorre. En los últimos años de su vida, dependía de la caridad de los vecinos del pueblo. Un grupo de chicas se encargaba de llevarle sopa y alimentos de vez en cuando, y soportaba las bromas de los gamberros, que se entretenían asustándole, puesto que había perdido la vista y apenas se podía mover.
A mí me extraña que la gente que viene a pedirle cosas, no se pregunte qué hizo el tío Ramón para ser santo. En el fondo lo que hiciera no parece demasiado importante en la actualidad. En mi opinión, cuando la gente aparece en los libros de Historia, se debe probablemente a alguna hazaña, obra o descubrimiento, pero en el plano de la santidad y de la espiritualidad, el santo popular es venerado por quien fue, por su esencia vital, y no tanto por lo que consiguió hacer en vida. Quizás este sea uno de los misterios de la fe genuina: creer en el ser que fue.