Muchos días de verano, en mi juventud, me he despertado a la orden “¡levántate que nos quedamos sin pan!” No conozco una casa en Belvís de la Jara, donde no haya un rincón en la alacena, que no huela a esa mezcla dulce horneada de sus tradicionales tortas.
El día 17 de enero, se apagó definitivamente, tras varias décadas de servicio incansable a la comunidad, el horno de leña de la Panadería Bodas y Arenas. Las panaderías tradicionales en la España rural y vaciada, se han convertido en todo un símbolo de resistencia frente a la despoblación. El merecido descanso de sus panaderos, se vive en el pueblo con una mezcla de agradecimiento por toda una vida de dedicación al trabajo, pero también, con cierta pena por la desaparición de un establecimiento que ha formado parte de la vida cotidiana de la llamada Capital de la Jara.
LA IMPORTANCIA DEL PAN
El pan es un alimento básico en la dieta tradicional española. Cuando algo se nos hace cuesta arriba, decimos que es “más largo que un día sin pan”. Todos conocemos alguna de esas personas que cuando hablan, “sube el pan”, y de nuestro sueldo decimos que, es el “pan de nuestros hijos”. Una cosa está clara: el pan ocupa un lugar principal en nuestra sociedad, aunque no siempre reconocido.
En otros tiempos, el bienestar de la sociedad se medía según la capacidad de abastecimiento de pan, y su precio. La mecha que encendió la Revolución Francesa, fue la llamada Guerra de las Harinas, una serie de sublevaciones de la población en 1775, con motivo de la subida del precio del pan, que culminó con sus mandatarios en la guillotina. La baguette, fruto de la estandarización del precio y del peso del pan francés, se convirtió en todo un símbolo de los ideales de la revolución.
Por citar un ejemplo más cercano, la Plaza del Pan de Talavera (que podría llamarse Plaza Mayor), recibe este nombre como recuerdo de la ubicación en ella de la calahorra u oficina municipal de distribución del pan en épocas de carestía, que se remonta a la Edad Media.
El oficio de la panadería, ejercido históricamente no sólo por hombres, sino por una cantidad significativa de mujeres, en su mayoría viudas, es un trabajo duro y muy poco reconocido. A veces ha estado sometido a abusivas imposiciones legales, que obligaban a las familias de panaderos, incluidos los niños, a asumir duras cargas laborales, para garantizar el sustento principal de las comunidades. En siglos anteriores, estaba penado con elevados castigos por la autoridad, cualquier tipo de incumplimiento en el abastecimiento o despacho de pan, que se consideraba una cuestión política y de seguridad nacional.
Según datos de la Asociación Española de la Industria de Panadería, Bollería y Pastelería (ASEMAC), cada año cierran en España unas 600 panaderías artesanas. Las pocas panaderías que permanecen abiertas con una vocación personal de servicio a la comunidad de sus propietarios, se han convertido en símbolo de resistencia de la España vaciada y de la economía local.
El consumo de pan en la mesa española ha caído un 80% desde los años 60. Además de este importante hecho, en los pueblos, las panaderías artesanas que aún quedan, se enfrentan a la falta de relevo generacional. El negocio de panadería, normalmente familiar, supone una gran responsabilidad social, que se vive desde el sacrificio personal. La panadería tradicional se caracteriza por la dureza del trabajo nocturno y la demanda continuada, sin días suficientes para el descanso, y con horarios que se sufren en la propia salud.
HISTORIA DE LA PANADERÍA BODAS Y ARENAS EN BELVÍS DE LA JARA
Los productos de la panadería de Belvís han sido motivo de orgullo de sus habitantes y souvenir obligado del visitante. Según informa Miguel Angel Bodas Díaz, actual propietario, se trata de un oficio con mucha tradición. Él comenzó su profesión con 20 años, representando junto con su padre y su abuelo, tres generaciones de panadería en el pueblo. Se trata de un negocio familiar, en el que su madre y su mujer, han sido la cara visible, atendiendo durante todos estos años al público.
Antiguamente, los panaderos tenían el horno en sus propias casas. Allí acudían las vecinas en días señalados, como celebraciones religiosas o días de matanza, para hornear los dulces tradicionales que ellas mismas elaboraban (rosquillas, cortadillos, etc.) a cambio de alguna pequeña compensación, a veces parte del mismo producto que se horneaba.
El 27 de agosto de 1960 se aprobó en el Pleno del Ayuntamiento la creación de la Agrupación de Panaderos de San Sebastián, compuesta por 9 panaderos, entre ellos el abuelo de Miguel, que funcionó durante tres décadas. El 1 de julio de 1989 comenzó su andadura la Comunidad de bienes Bodas y Arenas, que alquiló las instalaciones a la Agrupación de Panaderos.
Durante todos estos años se han elaborado productos artesanos de gran calidad. Sus panes, sus famosas tortas, magdalenas, galletas y otros tipos de dulce, han acompañado los momentos cotidianos de la vida de los belviseños y han llenado los maleteros de vuelta del fin de semana, de los emigrados a la ciudad, que no han querido renunciar a los sabores de su infancia.
Despedimos este mes de enero de 2026 al equipo de la Panadería Bodas y Arenas, agradeciéndoles el esfuerzo de tantos años, deseándoles que disfruten de su merecido descanso, y reservando un lugar en nuestra memoria, para aquella panadería a la que tantas mañanas fuimos con la bolsa de tela “a pedir la vez”, y de paso, charlar un rato con los vecinos. Decimos ¡hasta siempre en nuestros corazones!, a la tradición de ese olor a pan y dulce, que animaba a comenzar el día, después del duro trabajo de sus panaderos durante toda la noche.



