Hay ocasiones en política en las que el silencio pesa más que cualquier discurso. Y otras —las menos— en las que alguien decide romperlo aun a riesgo de incomodar a los suyos. Eso fue lo que hizo Emiliano García-Page el pasado sábado en el Comité Federal del PSOE: decir, sin rodeos, las verdades del barquero.
La suya no fue una intervención complaciente ni cómoda. Fue un ejercicio de sinceridad política que entronca con ese concepto tan olvidado como necesario: el meliorismo. Esa idea sencilla —y a la vez exigente— de que las cosas pueden mejorar si hay voluntad, esfuerzo y, sobre todo, valentía para reconocer lo que no funciona. Page no habló para agradar, sino para advertir. Y eso, en un escenario como el actual, tiene más valor del que algunos quieren admitir. Claro que eso obliga a asumir errores y ahí es donde empieza a escasear el personal.
Y hay que ser sinceros, porque, enfrente, lo que tenemos es una oposición que ha confundido fiscalizar con hacer ruido. Paco Núñez lleva tiempo instalado en una especie de campaña permanente donde todo vale con tal de arañar un titular. Protestar, señalar, exagerar… pero proponer, lo justo. Y cuando el debate se pone serio, cuando hay que hablar de cuestiones estructurales, el entusiasmo se evapora con una rapidez asombrosa y el silencio resulta ensordecedor.
Ahí está el ejemplo del trasvase Tajo-Segura. Durante años, algunos han preferido mirar hacia otro lado mientras se exprimía un recurso vital para esta tierra. Ahora, cuando el Levante empieza a asumir que el desarrollo pasa inevitablemente por el uso del agua desalada, parece que más de uno ha “caído del guindo”, sí, pero lo hacen mirando de reojo, no vaya a ser que alguien les recuerde todo lo que dijeron —o callaron— antes.
Y mientras tanto, en Talavera, la política local ha decidido dar un paso más allá y abrazar directamente el género cómico. Los plenos municipales son ya una experiencia difícil de clasificar: mitad vodevil, mitad improvisación, con momentos que rozan el absurdo más puro.
El alcalde, lejos de ejercer como director de pista, parece un espectador más, desorientado, sin saber muy bien en qué número se encuentra. Como ese personaje secundario que aparece en escena desconociendo el papel que le toca interpretar. Uno sale de esos plenos con la sensación de que, efectivamente, ir al circo puede resultar menos sorprendente. Al menos bajo la carpa todo responde a un guión.
José Julián Gregorio parece atrapado en una especie de bucle en el que cada intervención complica un poco más la anterior. No dirige, no ordena, no aclara. Simplemente está.
Así están las cosas: entre quienes se atreven a incomodar a los suyos para intentar mejorar lo que no funciona y quienes prefieren instalarse en la crítica automática o en la desorientación permanente.
Y en medio, la ciudadanía, que ya empieza a distinguir perfectamente entre quién habla claro, quién habla mucho… y quién, directamente, no sabe ni por dónde se anda.