Hay cosas que uno observa con cierta tristeza y un poco de asombro. Basta encender la televisión o abrir el móvil para notar cómo una misma noticia puede tener dos realidades distintas, según quién la mire. Lo que para la gente común es un problema, para algunos políticos es una oportunidad. Donde unos vemos un suceso trágico, ellos ven un titular que se puede moldear, una narrativa que ajustar al partido, al gobierno o a la oposición de turno.
Los expertos en política pueden explicar esta diferencia con análisis complejos, pero quizás la comparación más simple es también la más cruda: los políticos ven el mundo como si padecieran una suerte de Alzheimer moral. No porque olviden por enfermedad, sino porque deciden olvidar lo que no les conviene recordar. Tienen una memoria selectiva que borra responsabilidades, elimina contradicciones y sustituye los hechos por declaraciones cuidadosamente ensayadas.
Mientras tanto, quienes sufren realmente el Alzheimer viven esa alteración de la realidad con dolor, con desorientación y miedo. Su cerebro los engaña sin intención, a veces para bien y otras muchas para mal. Los políticos, en cambio, manipulan la percepción con plena conciencia y trasladando una sensación hasta de satisfacción. Se mueven entre las hemerotecas como quien camina por su casa: saben dónde está cada frase, cada promesa olvidada, cada imagen que hay que esconder. Basta con recorrer las declaraciones de multitud de ellos alrededor de los sucesos de los últimos días para comprobar que esconden sus podredumbres y ensalzan cualquier lucecilla y sacar ese pecho falso que deslumbra a los más incautos.
Y así vamos, entre titulares que varían según el color del despacho y noticias que se transforman en relatos. Los ciudadanos —los de verdad, los que aún tenemos memoria— miramos el espectáculo intentando no perder la cordura. Porque la diferencia entre el Alzheimer y la política no está en la distorsión de la realidad, sino en la intención: unos la sufren, los otros la practican. Y a fe que sé de qué les hablo.