El primer trasvase desde la cuenca del Tajo a la del Segura se realizó el 31 de marzo de 1979, siendo ministro de Obras Públicas Joaquín Garrigues Walker. Se cumplen, justamente, 47 años de esa herida abierta que jamás cicatriza del todo. El Gobierno de Castilla-La Mancha ha decidido plantarse y llevar al Estado ante los tribunales. Una decisión que llega tarde, sí, cargada de paciencia, pero llega. Porque ya era hora de que alguien dijera basta a ese expolio disfrazado de solidaridad.
Es casi medio siglo donde el agua que nace aquí sirve para engordar los campos de otros, incluso los de golf, mientras nuestro río sigue languideciendo, cada vez más seco, más pobre, más triste. Lo que hoy está en juego no es solo el nivel de los embalses, sino la dignidad de una tierra que ha aprendido a sobrevivir entre leyes injustas y silencios cómplices.
Pero, ¿de qué nos sirve una sentencia favorable si seguimos perdiendo poco a poco nuestro alma? Porque, también hemos sabido del cierre de una pastelería histórica en Talavera. Un negocio familiar, de esos que huelen a infancia, a domingos con toque de horno, a esa tradición que da sentido a la vida de un barrio. Se cierra por orden del Ayuntamiento, según dicen, por incumplir ciertas normas. Las mismas normas que, curiosamente, parecen no aplicarse con tanto rigor cuando se trata de otros establecimientos, de esos que abren de madrugada y cuya actividad poco tiene que ver con la repostería.
El contraste duele. En una esquina de la ciudad se apagan los hornos de toda una vida; en otra, se encienden los neones de los clubs de alterne. Cerramos obradores y abrimos burdeles. Empolvamos con sanciones a quienes amasan con harina, mientras miramos para otro lado con quienes amasan otros “negocios”. Y así nos va: perdemos historia, sabor y decencia a cambio de lo que algunos llaman progreso y otros llamamos dejadez.
Tal vez éste sea el verdadero trasvase que estamos padeciendo: no el del agua, sino el de la coherencia. Porque aquí, entre ríos vacíos y escaparates cerrados, corremos el riesgo de convertirnos en una tierra que solo sepa mirar hacia atrás, cargada de nostalgia, mientras le terminan de apagar las luces del alma y se afanan en acabar con nuestra esperanza.