Zapatero sigue sin salir del centro del huracán, no ya como recuerdo difuso de la ceja y los brotes verdes, sino como protagonista incómodo de la actualidad. Su imputación ha dinamitado la imagen del expresidente como referente moral y casi sacerdotal de un cierto progresismo sentimental que sobrevivía, inmutable, a todas las zozobras electorales.
El presidente del talante, el que simbolizaba esa izquierda buena, pura e incorruptible pasó de paria a héroe y de héroe a referente, hasta que la justicia ha puesto su nombre en la casilla incómoda de los investigados por corrupción. Toda una pesadilla.
Paradójicamente, ya confesó hace años que la crisis le robaba el sueño cuando todavía ocupaba La Moncloa. El giro cruel es que ahora es él quien está empezando a quitar el sueño a muchos socialistas. Si no había suficiente con el síndrome Sánchez, dos tazas de ZP para indigestarse.
Y es que la expresión “quitar el sueño a muchos socialistas” ha dejado de ser metáfora y se parece cada vez más a un diagnóstico colectivo. Porque el mal dormir, ese insomnio silencioso que recorre una sociedad hiperconectada, no es sólo un problema poético: tiene nombre bioquímico y se llama cortisol, la hormona del estrés que aumenta cuando la percepción de amenaza se hace crónica.
La pregunta que flota en el ambiente, formulada en voz baja en los pasillos del poder y en voz alta en las tertulias, es qué efecto tiene todo esto sobre Pedro Sánchez, convertido en equilibrista profesional. La ciencia dice que el estrés prolongado dispara los niveles de cortisol, altera el sueño, empeora la toma de decisiones y vuelve más reactivo el carácter.
Tenemos un gobierno asediado, una oposición que olfatea sangre y un expresidente imputado por blanqueo. Si el cortisol sube ante la percepción de riesgo, cuesta imaginar un cóctel más amenazante para un líder que construyó su relato sobre la resiliencia personal, la épica de la remontada y el control casi enfermizo del Partido.
El problema de fondo es que el “cortisol democrático” también aumenta cuando el ciudadano percibe que ya muy pocas figuras son plenamente confiables.