Hay algo profundamente fascinante en este país: la elasticidad del concepto “presión”. Esa palabra que unos sienten como un yunque sobre los hombros y otros como una suave brisa de primavera que ni despeina.
Este martes comparecía públicamente Florentino Pérez, presidente madridista con siete Champions en su mochila, una hegemonía europea que quita el hipo y una estructura que funcionaba… o al menos eso nos habían contado. Pues, sin embargo, ha convocado elecciones tras una temporada en blanco. Sin Liga, sin Champions, sin Copa… un desastre, al parecer.
Porque claro, cuando uno está acostumbrado a ganar… perder duele. Y duele tanto que activa esa palabra maldita: presión. La presión del palco, la del socio, la del Bernabéu, la de un escudo que no entiende de excusas. La presión que obliga a dar explicaciones, a someterse al juicio, a poner el cargo en juego aunque el currículum pese más que un diccionario.
Y mientras tanto, en otro terreno donde el césped se sustituye por moqueta y los goles por escaños, hay quien parece haber descubierto el secreto de la ingravidez política. Pedro Sánchez ha encadenado derrotas electorales en Aragón, en Castilla y León, en Extremadura, ya veremos esta semana en Andalucía… y sigue ahí. Como si nada. Sin autocrítica real, sin urnas internas y sin esa sensación de que el suelo tiembla bajo sus pies. Debe de ser que la presión no se reparte igual.
Porque uno comparece tras un año malo teniendo detrás vitrinas llenas y otro encadena reveses con la serenidad de quien ve llover detrás de una ventana blindada. A uno le aprieta la Historia; al otro parece no rozarle ni la actualidad.
Lo curioso es que en sitios como éste, en Castilla-La Mancha, hay ejemplos que desmontan el argumento. Emiliano García-Page, con toda la presión del aparato sanchista y también del exterior, no ha perdido una elección. Será que algunos sí entienden que la política, como el fútbol, va de ganar... Será que en algunos sitios la presión no se ignora, se gestiona.
Esa es la diferencia.
Quizá el problema no esté la presión, ni los resultados, sino en el umbral de dignidad. Y en eso, también, hay categorías.
En España hay quien, encadenando avisos de las urnas, se mantiene con la tranquilidad de quien tiene aire acondicionado político mientras fuera aprieta el bochorno.
Pero sigue ahí.