El ser humano, como cualquier especie animal, ha tenido que guarecerse frente a las inclemencias del tiempo. Esta experiencia de buscar cobijo, ha sido almacenada y perfeccionada a conciencia, salvo en la actualidad. En el último siglo nos hemos empeñado en habitar lugares contra natura y consumir viviendas encarecidas por la falta de racionalidad.
La arquitectura popular, es una cápsula en el tiempo que nos conduce hacia los saberes acumulados durante cientos de años por nuestros antepasados, cuando no se dependía de la máquina para la vida, y la energía era apenas un espejismo soplado por los vientos. Las construcciones vernáculas son simples, pero tremendamente eficientes en la adaptación climática.
En una época dónde todo escaseaba, no se dejaba nada al azar. La orientación del edificio, la selección de los materiales, todo eran decisiones trascendentes relacionadas con la supervivencia. Las técnicas de construcción, formaban parte del conjunto de habilidades y destrezas que una persona adquiría en su comunidad desde la infancia, y que reproducía y trataba de perfeccionar en la edad adulta.
La arquitectura popular se esculpía sobre el terreno sin planos, ni arquitectos. Cada piedra, cada madera empleada, constituían un ejercicio consciente de responsabilidad, hacia la comunidad y hacia el entorno, sin ánimo de lucro.
LA ARQUITECTURA DEL CALOR EN LA COMARCA DE TALAVERA DE LA REINA
Si de algo sabemos en nuestra tierra, es de veranos. Aunque es innegable que la temperatura ha subido en los últimos años, nuestros abuelos ya tuvieron que enfrentarse a muchas olas de calor, pertrechados de sombrero de paja y botijo. En una época en la que la vida transcurría en las afanosas tareas del campo, poder descansar en una buena sombra era cuestión vital. Los campos se segaban hoz en mano y las huertas se cultivaban con la única ayuda de la azada. Si la naturaleza no proveía de tupidas encinas, entonces, la sombra se construía con lo que se tuviera a mano.
Hortelanos, ganaderos y demás gente de campo, eran por necesidad artistas del cañizo y el canto “rodao”. Con sus manos fabricaron construcciones de cuyos vestigios sigue inundado el paisaje de nuestros pueblos, para deleite de los senderistas. Casillas, cocinillas, majanos y chozos, representan la máxima expresión del minimalismo frente al calor. La casa de pueblo con patio, constituye una versión más lujosa, pero en el fondo hay unas reglas básicas que se repiten.
Lo primero que se ha de tener en cuenta al construir algo, es la base del terreno y la orientación. La orientación adecuada permitía aprovechar la luz natural y proteger frente al calor. En muchas de estas casillas diseminadas por el campo, podemos observar un pequeño círculo situado en la pared oriental, en la parte más alta, que recibía el nombre de tragaluz, y actuaba como despertador, recogiendo las primeras luces del alba, puesto que se trabajaba de sol a sol. Este detalle era importante para iluminar el interior, dado que en muchos casos no había ventanas o estas eran minúsculas, con la finalidad de evitar la entrada directa de los rayos solares. Los huecos de ventanas y puertas se cubrían con piezas confeccionadas de esparto o de cuerda, a modo de pesadas cortinas, para permitir la ventilación y preservar la sombra.
Los árboles frutales jugaban un papel importante en el mecanismo de la sombra, especialmente las parras, puesto que su facilidad de crecimiento y guiado permitían crear estructuras de sombraje, y proporcionaban frutos para el consumo. También podían sembrarse almendros, moreras, etc. Las higueras se cultivaban cercanas a albercas y pozos, donde había humedad, pero se intentaban alejar de la casa debido a la capacidad de crecimiento de su raíz. La hierbabuena se plantaba en macetas junto a puertas y ventanas para refrescar y espantar a los insectos.
En las casas de pueblo había patios, corredores y portales. La finalidad de estas piezas era procurar una iluminación indirecta a las estancias, que entrara por la zona superior de la vivienda y no procedente de las ventanas exteriores, que o bien eran pequeñas, o bien se protegían con postigos y contraventanas de madera. En las casas de dos plantas, la superior no se solía habitar, se utilizaba de troje o almacén de enseres, y actuaba como elemento de aislamiento. Los sótanos o cuevas inferiores se reservaban para la preservación de los alimentos, al ser lugares fríos, pero sin luz ni ventilación.
Los materiales y las técnicas de construcción ayudaban frente al calor. Las gruesas paredes con zócalos de mampostería y muros de tapial mantenían una temperatura estable en el interior. Los techos de madera y cañizo, cubiertos por teja de barro, conseguían disipar el aire caliente que se acumulaba en las alturas. La aplicación de cal cumplía una función higiénica, pero también reflectaba el calor impidiendo que entrara. El resultado era un ambiente fresco, algo oscuro, y una sombra de patio que se alimentaba al anochecer con un breve riego de agua del pozo.
Pocos recursos, mucho ingenio. Austeridad, que no carencia. Así construían nuestros abuelos en la comarca de Talavera frente al calor, sin ventanales ostentosos, sin terrazas inútiles, sin acabados perfectos de fino pladur, sólo con sabiduría antigua, conociendo bien el clima y respetando la tierra. Seamos conscientes del valor de nuestra arquitectura popular frente al calor y conservemos esta habilidad de tejer sombra para las sociedades futuras.



