Este miércoles, los dioses del cosmos nos regalan un eclipse solar, una farsa celestial de apenas unos minutos donde la luna tapará la luz para que muchos miremos al cielo con gafas de cartón. Es un apagón elegante, cósmico, transitorio. Lo verdaderamente trágico de esta tierra no está en el firmamento, sino abajo: mientras medio país permanece hipnotizado con el pescuezo doblado hacia las nubes, la realidad del suelo sigue su curso. No extrañaría que, entre tanta fascinación astronómica, Rabat aproveche la penumbra para propiciar otra incursión de marroquíes en el espigón de Ceuta.
Pero la verdadera sombra, la densa, la permanente, es la que proyectan los despachos del Ministerio y la hipocresía política sobre las aguas agonizantes del Tajo. Hace nada, el delegado del Gobierno, José Pablo Sabrido, hablaba –con dicción de obispo y cinismo refinado de burócrata– que el trasvase jamás tendrá fin “si con ello se estrangula la economía” de Levante. Qué delicadeza verbal para nombrar el saqueo. Qué manía ésta de vestir la rapiña con el manto de la solidaridad.
Dice Sabrido, que fue concejal del Ayuntameinto de Toledo, que no hay que estrangular al Levante… como si aquí lleváramos medio siglo respirando por agallas. Nos aplican la solidaridad del embudo: el agua fluye limpia hacia el sur para engordar campos de golf y huertas ajenas. Una condena implacable que somete a Castilla-La Mancha a ese ostracismo territorial insoportable, mientras por nuestro cauce solo discurre un hilo de espuma turbia, lágrimas de barro y decretos en papel mojado. Aquí nos dejan la mierda y el poema, la sequía y la palmadita en la espalda. Pero no es solo Sabrido, porque en esta región ya hemos escuchado a políticos de VOX y PP defender el Trasvase como si hubieran nacido al lado de la playa; se tornan así en embajadores de la resignación, eunucos de moqueta con pulso tembloroso para defender nuestro futuro.
El eclipse pasará de largo en un suspiro, la luz regresará a las piedras y los pájaros volverán a cantar creyendo que todo ha sido un mal sueño. Pero cuando los curiosos bajen la mirada del cielo, el Tajo seguirá ahí: amputado, seco y entregado a ese ostracismo perpetuo decretado por la cobardía de quienes deberían defenderlo. Las sombras de la naturaleza son maravillosas; las sombras del poder, en cambio, solo huelen a podredumbre.